Collage (Novela corta juvenil de suspenso).




Collage
Dentro del collage de fragmentos que nos construyen hay buenas fotografías, de memorables momentos. Hay otras que son desagradables, pero se nos vuelve imposible no capturarlas, funciona como una auto-captura con su respectivo auto-guardado. Se guindan solas dentro de nuestra colección y al final influyen en lo que concluimos siendo, terminan definiéndonos.

De vez en cuando echamos un vistazo a las imágenes colgadas: cuando necesitamos valor vamos a las fotografías que de eso nos llenan, cuando tenemos miedo no podemos evitar echar un vistazo por aquellos fotogramas siniestros que nos marcaron, y así pare usted de contar. El collage es grande.

Entre las malas capturas está la de tres amigos en un funeral: Danny Wang, Chris Rodríguez y Andrés Estévez.
Los tres adolescentes están allí, en la ceremonia mortuoria, pero uno de ellos no está de pie con los demás y aunque su alma quisiera, no podría hacerlo. Los dos que quedan levantados recuerdan con nostalgia los buenos momentos, y les llega a la mente la noche en que inició tal desgracia, la noche en que una foránea fuerza paranormal oprimió sus vidas, y las de muchos en la ciudad.





CAPÍTULO I
EL FLASH
11:30pm
Comenzó siendo una noche normal de jueves. Una fuerte avalancha de sonidos animados (de videojuegos) salía de la recamara de Andrés e inundaban toda la casa: Gritos, golpes, exclamaciones ninjas. “¡YIAAAA!” “PLASKK” “PUMM” … Y de pronto se colaba: “¡MALDITOOO TE GANÉ!” “ENTREGA EL CONTROL, PLASTADEMIERDA”.

—¡Andrés! —gritó enfurecida su madre— ¡Si no moderan el vocabulario, los correré a todos de mi casa!
Andrés susurró a Danny, quien ahora portaba el control.
—chino… coño deja las groserías. —Danny se le quedó viendo desconcertado: —pero si no fui yo…—dijo. Chris se rio.
La mamá de Andrés volvió a gritar— ¡Y bájenle volumen a esa vaina!
Cuando Andrés se acercó hasta el botón de volumen, la pantalla se ennegreció, y luego todo quedó a oscuras. Al parecer habían cortado la electricidad.


Salieron al jardín solo para darse cuenta de que había sido un apagón general. La casa en donde estaban se erguía en medio de una zona residencial, rodeada de edificios que en aquella noche se elevaban abrazados por la penumbra.

La luna brillaba tenue desde tal ángulo, que daba vida a figuras sombrías y distorsionadas por doquier. Andrés le pasó un banquillo a Danny mientras este observaba temeroso las sombras de los grandes árboles que fluctuaban a causa del violento viento costero.

Chris soltó unas risillas al ver la expresión pavorosa que se dibujaba el rostro de Danny. Se sentó en otro banquillo, completando una especie de triángulo, y dijo:

Bróderes —, Chris tenía la costumbre de latinizar palabras del inglés— ¿recuerdan cuando estábamos en primaria? Solíamos venir hasta aquí a contar historias terroríficas, teniéndole miedo a todo.

Danny le interrumpió— ¡Tú! —exclamó— ¡Tú le temías a todo! —soltó unas carcajadas mientas daba inofensivas palmadas sobre la espalda de Chris.
—¿Recuerdas cuando le hicimos dudar de su propia existencia? —preguntó Danny, y señaló a Andrés, seguía convulsionado por las risas.

Andrés, que permanecía neutral hasta entonces, se exaltó repentinamente con otra gran risotada. Ambos se reían mientras describían todo lo que había pasado en aquella ocasión. Chris solo los veía en tanto contenía la risa y pensaba: sería el colmo reírme de mí mismo. Cuando cesó el jolgorio, Andrés y Danny, tenían los ojos rojizos, al punto de las lágrimas.

—Fueron buenos tiempos —Alzó Chris la voz, captando la atención de sus dos compañeros.
 —Sí, sí que lo fueron amigo —respondió Andrés.
—Seee —, musitó Danny luego de tomar aire con una profunda inhalación.

De pronto, desde la espalda de Danny y apuntándolos a los tres, suscitó un destello de luz cegador. Fue exactamente como el flash de una cámara antigua, con ese chasquido irritante de fondo.

—SSSHHKKK.

Se produjo un silencio sepulcral entre los tres, todos intercambiaron miradas hasta que Andrés dijo, con un atiplado tono, como si los ratones le fuesen rasgado sus cuerdas vocales:

—¿Acaso fui el único que vio eso?

—Sí… Todos lo vimos—, respondió Danny relajadamente, mientras se ponía en pie para continuar diciendo— obviamente, fue alguna sobrecarga que disparó al bombillo que está justo...
Se interrumpió a sí mismo tratando de buscar algún sócate, bombillo o cable; cualquier cosa que le diera un sentido lógico a lo que había sucedido. Pero no encontró nada. El lugar estaba en plena intemperie del jardín: sin tomas de corriente, faroles o cualquier artefacto eléctrico. Y toda la zona permanecía a oscuras, desamparados del dichoso servicio.

Broder —dijo Chris, se veía un poco nervioso—. No es por nada, pero yo no veo ningún bombillo por aquí. Y esa mierda fue demasiado grande como para haber sido una maldita luciérnaga.

—Ay no empieces tú con tu mariquera —refutó Danny irreverente.
Entonces habló Andrés, permaneciendo embelesado, viendo hacia la nada—¿no se dan cuenta? —, su mirada flotaba perdida en las sombras del fondo del jardín— Algo quiere comunicarse con nosotros. —Cerró los ojos y continuó—. ¿Quién eres? ¿Qué quieres de nosotros?

—¿Saben qué? —preguntó Danny, y sin dar chance a respuestas, expresó— yo me voy.

—¡sí! —confirmó Chris y luego se dirigió a Andrés— nawebona… ¿tú eres loco chamo?

Andrés le tomó el hombro a Danny— Coño, ¿no ven que algo sobrenatural acaba de pasarnos? —esperó un momento esperando que sus amigos comprendieran lo que él pensaba—. Desde pequeños soñábamos con estas cosas, era tanto, que inventábamos historias con cualquier argumento. Esto en cambio, fue real, esto…

De pronto Chris, pareció reflexionar a favor de Andrés, y dijo— Yo creo que Andrés tiene algo de razón.
Danny lo vio con displicencia y apartó la mano de Andrés, que este había estado apoyando sobre su hombro.

—O sea, fue una Luz. Una luz clara, hasta pudo ser un ángel… —argumentó Chris y continuó con un talante de revelación— nuestra amistad es tan positiva que…

—¡Exactamente! —interrumpió Andrés emocionado, tratando de completar lo que Chris quiso decir— toda nuestra energía positiva llamó a más energías positivas. ¡Es una manifestación divina!
Danny seguía displicente y los miraba a ambos mientras sacaba las llaves del auto de uno de sus bolsillos.
—Es como si se te apareciera buda ¿le tendrías miedo? —preguntó Chris en modo de metáfora sarcástica, aludiendo las costumbres asiáticas de Danny y su familia.
—¡Eso mismo! — exclamó Andrés y luego se rio.

Hubo de pronto un titileo resplandeciente, hasta que se restableció nuevamente la energía eléctrica en la zona, y los edificios se pintaron de luces que salpicaban iluminación al gran Jardín de la casa de Andrés.

Danny tenía ya las llaves en su mano y señaló amenazantemente a Chris, quien aún seguía riéndose de su metáfora— los chistes racistas ya pasaron de moda —lo dijo y luego le estrechó la mano a Andrés despidiéndose.

Continuó diciéndole a Chris— me voy, y no sé quién te llevará a tu casa.

Chris trató de contener las risas y le respondió— Bro —se rio— ¿te vas a molestar por un chistecito?  
Danny volteó indiferente, y siguió avanzando hacia la salida, Chris iba tras él excusándose, tratando de aminorar lo que había dicho. Andrés los miraba ya desde lejos.

—¡Yo que tú, no dejaría que un racista se montara en mi auto! —gritó Andrés cuando ya estaban en la puerta hacia la calle.
























CAPÍTULO II
BOTAS PESADAS

1:42am

Se detuvo en el puesto designado para los vehículos de quienes viven en el pent-house de los Costa Caribe. Estaba regresando de dejar a Chris en su casa, este vivía a unos diez kilómetros de la suya. Sostenía el teléfono en su oreja y con la otra mano colocaba la palanca en PARE. 

—Siempre me acuesto tarde… —torció los ojos fastidiado— Sí, pero mañana estaré listo temprano, como siempre.
La voz proveniente de la bocina se exaltaba y Danny se alejaba un poco el teléfono del oído. Luego continuó— ¡No he faltado a ninguno de mis cursos papá!  —lo dijo en mandarín, y al cabo de unos segundos colgó la llamada.

Los padres de Danny siempre fueron muy estrictos con su educación y su preparación para lo que ellos designan “Un futuro exitoso”. Danny estaba de acuerdo con sus padres en casi todo, pero era inevitable reunirse con sus amigos; también era inevitable, no invertir la totalidad del tiempo en “un futuro exitoso” de vez en cuando. Cuando estaba con sus compañeros se olvidaba del futuro y solo vivía el presente.

Salió del auto y no podía sacarse de la mente aquella extraña luz que los aturdió hace unas horas. Pensaba en cada posibilidad de explicar aquel evento: pudo haber sido uno de los hermanos de Andrés, que nos echó una broma; quizás esto lo planeó Andrés desde un principio para timarnos; como sea, de igual forma lo goglearé.

Desde que bajó de la camioneta notó que un extraño silencio se había apoderado de todo el ambiente, no se escuchaban las unidades de los aires acondicionados; ni a los grillos; o el motor de algún coche pasando afuera, en la calle. Pensaba que, aunque fuese de madrugada, aquella noche no parecía dormida; parecía paralizada, eso le perturbó.

Entró en la recepción del edificio y sus pisadas resonaron con un largo eco. Notó que las puertas del ascensor estaban abiertas, era muy extraño; se acercó a mirar y comprobó que el vagón estaba detenido entre planta baja y el primer piso. Era normal que ocurriera esa falla, lo que nunca había visto es que las puertas de seguridad de planta baja estuvieran abiertas al mismo tiempo. Podría ser peligroso para cualquier niño inconsciente, entrar allí, y que luego el vagón bajara bruscamente… Sería una escena cruenta y abominable, incluso para las residencias Costa Caribe, donde solamente el año pasado hubo: no uno, sino dos suicidios.

Pensó— bueno, al menos no ocurrió conmigo adentro.

Se dispuso a subir por las escaleras (sería un largo trayecto hasta el último piso, en dónde vive, pero no había otra opción). El silencio le acompañaba como siervo a su amo, haciendo paréntesis cuando sus pasos caían sobre los escalones y resonaban hoscamente engendrando ecos sepulcrales.

Llegó al primer piso y de pronto un estentóreo ruido inundó los pasillos. Era el ascensor, se puso en marcha y abrió sus puertas justo en el primer piso. Quedó gélido al comprobar que no había nadie dentro. Echó un vistazo hasta planta baja, pero todo, excepto el ascensor, se mantenía intacto y desolado.

Esta vez, sintiéndose atemorizado, apresuró los pasos saltándose escalones hasta el siguiente piso. Repentinamente, se encendió de nuevo aquel ruidoso ascensor: cerró sus puertas en el primer piso y se puso otra vez en marcha.
Danny iba por el tercer piso, que estaba totalmente a oscuras, tratando de olvidarse del incidente; cuando de pronto, las puertas del elevador se abrieron bruscamente a su lado, iluminando tenue el lugar; nuevamente, no había nadie dentro.
Comenzó a sudar y tenía mucho frío, apresuró aún más el paso. En el quinto piso iba pasando cuando las puertas se abrieron de nuevo, cada vez se abrían con mayor brusquedad, provocando grandes ráfagas de ecos que rebotaban en todos los recovecos desolados del Costa Caribe.

Llegó al noveno respirando apresuradamente, sentía que su corazón saldría disparado en cualquier instante. Para variar, el último piso estaba a oscuras, la penumbra y silencio parecían volver a gobernar la noche, hasta que de pronto resucitó nuevamente aquel endemoniado elevador, las puertas se abrieron, y esta vez de manera mucho, pero mucho más violenta, sonó como cuando los contenedores de las gandólas rebotan en plena autopista, golpeando con furia las cabinas de la misma.

Danny retrocedió estupefacto y presenció como la sutil luz que iluminaba el interior del ascensor comenzó a titilar, emitiendo sonidos eléctricos como de cortocircuitos, y luego estalló dejando todo nuevamente en tinieblas.

Se armó de valor para seguir hasta la entrada de su departamento. Entonces, cuando estaba de espaldas al elevador, se manifestaron escandalosamente fuertes pisadas detrás de él; como las que generarían pesadas botas al caer sobre el suelo. Los pisotones salían de la penumbra dentro del elevador y subían por las siguientes escaleras que llevaban hasta la azotea.

Asustado, dirigió su mirada hasta las escaleras de arriba. El sonido se volvió estentóreo, como si una docena de chavales estuvieran subiendo de manera descontrolada. Cuando bajó de nuevo la mirada se dio cuenta de que, como siempre, la reja que abría paso hasta la terraza estaba cerrada; bien asegurada con un enorme candado. Lo que sea que había subido, lo hizo traspasando los barrotes de una forma espectral.
Volteó de nuevo y se apresuró a abrir la cerradura de su departamento, trataba de encontrar la llave correcta mientras temblaba imaginando cualquier cantidad de horrores que pudiesen aparecer detrás de él; cuando finalmente la encontró, entre la decena de llaves similares, sintió un breve alivio.

La reja se abrió penosamente, y enseguida se dio cuenta de que algo le obstruía el paso. En el piso había un sobre pequeño y amarillo. Lo tomó con urgencia mientras terminaba de abrir la puerta.
Al entrar, estaba tan aterrado que ni siquiera se quitó los zapatos en la entrada, como es de costumbre en su casa, en lugar de eso, saltó de un respingo hasta su habitación. Cerró la puerta y encendió la luz.

Aunque deseaba pensar que se trataba de alguna factura del servicio eléctrico o del condómino, sabía que estas no venían envueltas en algún sobre, y mucho menos de estas proporciones, allí no cabía una factura. Seguía agitado por lo que acababa de ocurrir afuera del departamento.
Entonces colocó el sobre encima del escritorio, junto a la computadora, y se dejó caer sobre la cama.
Discutía consigo mismo, intranquilo. Un par de gotas heladas de sudor le recorrieron el rostro desde la frente, y de inmediato las escurrió con su mano nerviosa.
—Puede ser dinero, alguien que les debe a mis padres.
No, coño. mis padres no son traficantes.
¿Por qué estaría envuelto de esta forma? —se preguntó a sí mismo, sin apartar la mirada de aquella extraña correspondencia.
—Es una broma, una estupidez dejada por los que subieron a la terraza. —dijo, tratando de ser racional. Tomó el sobre nuevamente—. Déjame adivinar, algún chiste racist…

Eran fotografías impresas en películas instantáneas. Los colores se veían anticuados, pero las películas estaban en perfecta calidad, como recién reveladas.
Comenzó a detallarlas: eran fotografías de plantas y árboles, también había fotografías de una ventana rodeada por mampostería.
Se heló al ver la última imagen.
En esta se veía la parte izquierda de su perfil bastante iluminada y al fondo Andrés y Chris, ambos emblanquecidos y con los ojos cerrados por el destello.

Volteó maniáticamente al sentir que le espiaban desde atrás, fue hasta la puerta y le puso seguro. Cerró las ventanas y guardó las fotografías. Y luego se acostó sin apagar la luz, sin quitarse siquiera los zapatos. Se sentía tentado a investigar en la web, como suele hacerlo cada vez que algo le crispa en la mente. Pero le aterraba levantarse, poner los pies en el suelo… ¿y si le espera escondido bajo la cama? ¿Y si cuando esté en la computadora le llega desde la espalda? … Lanzaría entonces un alarido terrible, que despertaría a sus padres para ganarse otro problema. Trataba incesante de despejar su mente, temía caer dormido y encontrarse en algún escenario aún más siniestro.














CAPÍTULO III
BRISA FANTASMAL

8:05am del siguiente día

Danny y Andrés coincidieron en la entrada al liceo. Andrés estaba inusualmente pálido y silencioso, solo miraba al frente, no fue hasta que su compañero le tocó el brazo, que este reaccionó.

—Tenemos que hablar —dijo Danny adelantándose a su compañero. Sacó el sobre amarillo y lo tambaleó frente su cara.
Andrés apartó el sobre —Sí, esto sí es grave. —habló con un talante de seriedad—Tenemos que hablar.

—¡Broderes! —Se les unió Chris más adelante—, Tendrán que mudarse más lejos, como yo, a ver si de esa manera logran llegar a tiempo. —Les estrechó la mano a ambos, y los tres entraron en el laboratorio, iban retrasados para la primera clase.

Dentro, los demás estudiantes se separaban en grupos por mesones, adornados con tubos de ensayos que destacaban de distintas medidas. Se escuchaban risas y susurros constantes, como si hubiese acontecido alguna calamidad en ausencia de Chris, Danny y Andrés. En el mesón donde había tres puestos disponibles les esperaba Jesús Avendaño, quien completaba el grupo de amistad de Andrés dentro del instituto.

Danny tomó asiento y luego se inclinó hacia Jesús susurrándole. — ¿Cuál es el chisme de hoy?  
Jesús esbozó una sonrisa y se tapó la cara con vergüenza. Levantó luego la mirada señalando discreto al mesón del fondo. Explicó— es que Marian se alteró toda. Esta mañana salió del baño pegando gritos y aseguró que algún depravado la estaba espiando, dijo que hasta una fotografía con flash le tomaron.

—Y, ¿el chiste es…? – preguntó Andrés indiferente.
Chris se rio, enseguida el profesor les llamó la atención y ellos junto a los demás grupos, guardaron silencio.
—Por Dios… —continuó Jesús, cuchicheando— es Marian, ¿quién carajos va espiarle en el baño?
—Sí —asintió Chris casi inaudiblemente— Los feos siempre quieren llamar la atención, es eso.  

Las horas de química pasaron más lentas que nunca. Cuando iban saliendo el Sr. Del Monte (el profesor) detuvo a Danny.
—Dime con quién andas y te diré quién eres.
—Es un dicho muy famoso —respondió Danny.
—Escucha, tienes mucho potencial Wang. Pero parece que hay ciertos factores distrayéndote —Señaló con la vista a la entrada donde esperaban Andrés y Chris.
Danny sonrió.
El profesor continuó— Escuché que quieres ir a estudiar a los Estados Unidos. Las cosas van a ser más arrechas allá.
Tú lo sabes… — El Sr. Del Monte rebuscaba en su mente las palabras más sutiles, y continuó— Bueno, lo que quiero decirte es que si te vas de aquí con bases débiles… —meneó levemente la cabeza— me temo que no podrás lograrlo.

En la entrada Andrés se reía a carcajadas, le había arrancado el lápiz a Chris de la mano y lo había lanzado por uno de los pasillos. Chris, angustiado por perder su nuevo lápiz, corrió a buscarlo; parecía una mascota buscando el disco que arrojó su amo.

Danny volteó nuevamente hacía el profesor, esta vez no sonrió, en lugar de eso pintó su rostro de decepción. A su mente también llegaban las cantaletas de sus padres hablándole sobre cosechar amistades más maduras y de esforzarse más en sus calificaciones.
—Tiene razón profesor, me concentraré más.
—Estoy seguro de eso Danny. —El Sr. Del Monte asintió y volvió a su escritorio.

Danny salió cabizbajo del laboratorio, sujetando los cordones de su mochila. Parecía un niño sosteniendo los trozos reventados de lo que alguna vez fue un globo.

—Okey chino, debo decirte algo muy importante —dijo Andrés abordándole de inmediato.
—Heeeeey —exclamó Chris, que llegaba corriendo desde el extremo del pasillo, con un lápiz en la mano—. Yo también tengo algo que decirles.
—Bueno —dijo Danny señalando a Andrés— dilo tú primero—.
Comenzó a hablar Andrés— Recuerdan a…
—No, no, no, no —interrumpió Chris exaltándose— yo primero—.

Danny comenzó a estresarse, y lo expresó torciendo la vista. Se encontraban caminando por los pasillos del instituto.

Chris continuó—Karlis, ¡trajo un hilo negro! —Se desbordaba de euforia sujetando a Danny por las guindas de la mochila, y seguía relatando— Dios… y de paso usa esa minifalda súper excitante. No se cómo permiten eso en el liceo. Pero menos mal lo permiten…
En ese preciso momento les sorprendió la recién mencionada Karlis, que pasaba con su grupo de amigas. Chris soltó la mochila de Danny y se paró recto, simulando una apariencia de tranquilidad forzada.
—Hola —dijo Chris esbozando una sonrisa.
Ella volteó y le miró, pero no le correspondió ni la risa, ni el saludo. siguió caminando, susurrando cosas en su grupo que luego terminaban en risas unísonas.
—Es una diosa… —susurró Chris embelesado, y continuó siguiéndola con la mirada.
Danny le metió un manotazo en el brazo y volvió a reaccionar.
—En lo menos que puedo pensar en estos momentos, sería en los hilos negros de nadie. —continuó Andrés— ¿Recuerdan a Guevara?

—Claro —respondió Chris— el chico ese gafo, que parecía consumidor de drogas.

—¿Qué tiene que ver Guevara con nosotros? —dijo Danny estresado y se apresuró en seguir hablando—. Creo que no nos estamos entendiendo, tenemos un problema con lo que sucedió anoche. El flash fue real, y eso me siguió hasta mi casa.

Estaban caminando como de costumbre durante el receso, les daban una vuelta a los jardines del instituto, y luego regresaban al edificio central a comer algo, para iniciar nuevamente con la jornada de clases. Pero entonces, Danny se apartó del sendero y caminó hasta una zona donde anteriormente se hacían los eventos especiales, en la actualidad estaba abandonada y no permitían el acceso por peligro de derrumbe de aquella vieja estructura. Tuvieron que trepar una cerca que impedía el fácil acceso.
Parados ya dentro, pudieron verla entre los grandes árboles:
De cada lado de la vieja choza de concreto se extendían jardines descuidados, sobreabundados de hojas secas y ramas caídas.
La estructura, que estaba en medio, era semi-abierta y se alzaba penosamente sostenida por cuatro pilares; uno de ellos estaba tan destruido que podían verse las cabillas oxidadas de su interior. El lugar apestaba a moho y excremento de iguanas; al parecer, desde que abandonaron el sitio, aquellas lagartijas gigantescas lo habían hecho su propiedad.

Entró primero Danny y se sentó en uno de los antiguos bancos que allí permanecían, Andrés y Chris le siguieron.
—¿No te da asco sentarte allí? —Preguntó Chris.
Danny se levantó rápidamente y musitó— Coño e’ la madre... —Miró hacia el escaño y se dio cuenta de que este estaba totalmente sucio, desde hojas y polvo hasta excremento; se palmeó un par de veces en el trasero, e instantáneamente lo olvidó, como si no importara estar lleno de suciedad. La única primicia era lo que estaba a punto de contarle a sus amigos. Entonces sacó del bolsillo el pequeño sobre amarillo.

—Anoche cuando llegué al edificio pasaron cosas extrañas y luego encontré esto. —lo pasó a los demás.
Chris tomó el sobre y empezó a inspeccionar.
—¿Qué clase de cosas extrañas? —preguntó Andrés.

Danny lucía desesperado y a pesar de su tez, característicamente asiática, se veía más lívido de lo normal. Trastabillaba relatando—. Primero había un silencio inusual, o sea… era de madrugada, pero no se escuchaban ni los grillos. Nada, solo ese maldito silencio. Luego el ascensor estaba dañado, detenido, pero cuando subí por las escaleras se puso en marcha, y se abría en cada piso a donde subía.
¡Me estaba siguiendo! —exclamó sorprendiendo a Andrés, quien le escuchaba atento, luego continuó— Y en el último piso... Fue espantoso, lo escuché muy fuerte: eran pisadas escandalosas hasta la azotea.

 Andrés dijo desconcertado— La azotea siempre ha estado cerrada, desde que el señor Juancho… ¡Ya sabes! el albañil que se lanzó.
—Sí. Fue muy extrañ...
—Somos nosotros —interrumpió Chris, que hasta entonces había permanecido en silencio viendo el hallazgo.
—¿Qué? —Andrés le arrancó el sobre y las fotos.
—Fue anoche.
Andrés levantó la mirada de nuevo, y se quedó pasmado, viendo a la nada.

—Las demás fotos son de plantas y cosas sin sentido —dijo Danny.

Andrés comenzó a inspeccionarlas todas con detenimiento. Se puso pálido y sus manos le temblaban.
—¿Qué pasa? —inquirió Danny.

Andrés sujetaba la fotografía donde se veía el tronco de un árbol junto algunas ramas; los demás no se habían fijado, pero él encontró una silueta que se le hacía familiar.
—No son solo plantas —dijo Andrés— son plantas de mi casa, y quien que está detrás de este árbol, soy yo.
Pasó a la siguiente imagen, era la fotografía de la ventana rodeada por mampostería.
—Es la ventana de mi cuarto —especificó; los demás estaban atónitos al comprobar que lo que decía era cierto.
De pronto, los ojos de Andrés se cristalizaron y su piel no recuperaba la pigmentación correcta. Era como si toda la sangre de su cuerpo se le fuese acumulado en ciertas partes: como en sus labios, que estallaban de color purpúreo.
—Está en mi casa... —dijo mientras distorsionaba sus facciones.
Danny y Chris nunca antes le habían visto así, a tal punto de desesperación.
—Me ha estado siguiendo —susurró aun hipnotizado.
Chris dejó caer, con sutileza, su mano sobre la espalda de Andrés. Danny se dio la vuelta, se tomó la cabeza y pateó una pequeña rama que estaba en el suelo. luego volteó hacia ellos nuevamente.
—NOS, nos está siguiendo. —Dijo Danny con tono irritado.
—Relájate chino -—Chris le tomó el brazo, tratando de equilibrar a ambos. 

Repentinamente, entró una brisa fantasmal acompañada de susurros inentendibles, como miles de voces casi inaudibles; el halito ululaba, helado y descompuesto, apenas pudo mover un par de hojas secas dentro de los miles de montones que había por doquier.
Voltearon acobardados, siguiendo con sus miradas sorprendidas hasta donde se detuvo el soplo misterioso.
Y de pronto, un sonido les llamó la atención, vino del otro jardín a sus espaldas. Esta vez eran miles de hojas secas crujiendo, como si un ejército de niños hiciera una competencia de correr sobre una superficie llena de Doritos.
Los tres voltearon nuevamente, más rápido.
—Muchachos… creo que ya se acabó el receso —dijo Chris aterrado, y daba algunos pasos inciertos hacia atrás.

Danny y Andrés estaban embelesados, observando como todas las iguanas bajaban de los árboles y las columnas. También salían insectos de debajo de las rocas: arañas, escarabajos y gusanos. Había iguanas enormes con tonos grisáceos y otras más pequeñas verdosas. Eran cientos de ellas, desesperadas. Todas huían en dirección opuesta a los muchachos, corrían utilizando sus pequeñas patas, hasta el muro que separaba al instituto San Martín de la carretera; algunas se golpeaban hoscamente el cráneo contra la barrera, generando ruidos grotescos, y otras trataban de trepar la pared.
Se incrementaba el sonido de las hojas y las ramas secas quebrándose, se hacía cada vez más estridente.

—¡Aaaarrh! —Chris soltó un alarido.
Las iguanas venían de todas partes, y al parecer una enorme, tan grande como un caimán, había tropezado con su pierna; sin embargo, el reptil siguió su camino pasando por debajo de los otros dos compañeros, quienes se sorprendieron al ver su tamaño.
Chris fue el primero en escapar despavorido, luego sus amigos reaccionaron y le siguieron en la huida. Cuando escalaron nuevamente la cerca, Danny miró atrás, y entonces pudo ver una silueta ectoplásmica, parada justo en el lugar donde estaban ellos (dentro de la churuata). Mientras más se alejaban, más tétrica se veía la vieja estructura. Los pájaros salían despavoridos de los árboles, volando en todas las direcciones, y haciendo gorgojos alarmantes.















CAPÍTULO IV
EL CUARTICO

3:00pm

—Eso fue intenso —dijo Chris mientras lanzaba una pelota de goma contra la pared. En la habitación de Danny, donde se reunieron luego de clases.

Andrés estaba sentado sobre la cama, Danny en su computadora estaba haciendo búsquedas relacionadas con iguanas locas; fotografías tomadas por fantasmas; cámaras fantasmas; Hasta encontró un artículo sobre una obsesión fantasmal que parecía prometedor por ciertas similitudes.

—No encuentro nada tan parecido, es extraño lo de las fotos. No es usual que los espíritus comunes puedan contar con materiales físicamente tangibles. —Danny hablaba al son del traqueteo de las teclas en su computadora.

—No necesitamos buscar nada en internet, —Andrés se puso de pie— ¡No lo necesitamos! Se supone que hemos visto cientos de películas sobre estas cosas.

—¡Sí! —respondió Danny subiendo su mirada desde la laptop— Y precisamente en las películas siempre hay una fase de investigación, donde los protagonistas encuentran cosas importantes: EN INTERNET, —bajó la mirada y continuó tipeando en su computador.

—Necesitamos saber de dónde salió —dijo Chris y atrapó la pelota— es la única manera de entender como alejarlo.

Danny cerró la computadora portátil y tomó el sobre—. Eso fue muy específico como para haber venido de ti— inspeccionaba las fotografías— ¿Dónde lo leíste?

—Andrés tiene razón, solo usé la intuición. Y quizás también recordé un poco las películas pues. —Chris comenzó a dar vueltas por la habitación: como un entrenador dando directrices a su equipo en los vestuarios—. El punto es que siempre los implicados viajan hasta donde todo inició y destruyen al enemigo. ¿No es así?

—Donde inició… —musitó Danny caviloso— ¡En tu maldita casa! —Señaló a Andrés.

—Entonces vamos a mi casa y ¿qué hacemos?

Chris dejó de caminar por la habitación y dijo exaltado, como si fuese encontrado la cura del sida:
—¡Practicamos un exorcismo! —Todos voltearon a verle, entonces agregó— conozco a un sacerdote.

—No creo que eso ayude mucho… —dijo Andrés— Mira como terminó Emily Rose luego del exorcismo.

—Primero, —tomó de nuevo Chris la palabra— eso fue una película, mi mamá ha estado en exorcismos reales y son totalmente distintos. Segundo, no es a “quién” hacer el exorcismo; sino a “qué”.
—Continuó y dijo textualmente— entre paréntesis TÚ CASA.

Andrés se rio, luego dijo:
—escuchen, hay algo que…

—¡Exacto! —interrumpió Danny—. ¡Chris tenía razón!

—¿Exorcizar? —preguntó Andrés.

—No —continuó Danny— lo que dijo del origen. Lo primero que vimos fue el flash, en tu casa. En aquel tramo del jardín que justamente está debajo del cuarto ese que tienen abandonado.
¡Luego las fotos! —Les pasó las fotografías de los árboles y la ventana a sus amigos— Todas fueron tomadas desde altura; y desde el mismo ángulo. Adivina cual… —Miró a Andrés esperando que este se diera cuenta de su descubrimiento.

Después de unos segundos de silencio, Andrés susurró asombrado sosteniendo las fotografías:
—El cuartico… —continuó— el cuartico también tiene una segunda ventana que está justo al frente de la ventana de mi habitación.  

Danny tomó las llaves y salió de la recamara. Chris guardó la pelota en su bolsillo y le siguió.
—¿A dónde vamos? —preguntó Andrés.
—Vamos a ver: qué hay en “el cuartico” … —Dicho eso Salieron del departamento.



CAPÍTULO IV
2da PARTE

4:15pm

Estaban parados los tres frente a la parte trasera de la enorme casa donde Andrés vivía. Era una inmensa construcción inconclusa, inspirada en el antiguo Partenón de Grecia. En la entrada se elevaban grandes columnas, del estilo corintio, con decorados cabezales de yeso. En la parte trasera se veía en el segundo piso, las ventanas del “cuartico”. Este no era más que una habitación no ocupada de la mansión, en donde el padre de Andrés guardaba las cosas viejas.

—¿Cómo entraremos? —Preguntó Andrés.
Sus amigos voltearon a verle desconcertados.
—¿Es en serio? —preguntó Danny.
—Es tu casa broo —agregó Chris.

—Es que está bajo llave… y, además, a mi papá no le gusta que nadie entre.

Chris hizo una mirada imaginativa y luego preguntó— ¿Tu papá de casualidad usa cámaras antiguas?
—No… que yo sepa —dijo Andrés mirando dubitativamente a Chris— ¿qué estas insinuando?

—¡La vieja escalera! —comentó Danny, y los tres comenzaron a buscarla por los alrededores.

La ventana de la habitación abandonada no tenía rejas ni vidrios, los marcos solo estaban cubiertos desde adentro por viejas cobijas, que guindaban desteñidas por el sol y rasgadas por el tiempo y el viento.
Danny fue el primero en subir, luego siguió Andrés; y debajo, en los primeros peldaños de la escalera iba Chris, quien seguía indagando:
—¿Tu papá no está en casa aun, cierto?
Andrés, que ya estaba mucho más arriba bajó la mirada.
—¿Qué coño te pasa? ¿Crees que mi papá es una especie de fotógrafo demoníaco?

—¡Muchachos! —se escuchó a Danny llamar desde el interior del cuartico. Andrés entró en ese momento y Chris seguía escalando.

—¿chino?
Chris entró escabulléndose entre las sabanas. No encontró a ninguno de sus amigos.
—¿Danny? —volvió a preguntar.

El lugar estaba muy oscuro. Tuvo que esperar unos segundos para que sus ojos se acostumbraran a la penumbra. Había un olor fuerte a polillas; a madera carcomida. El polvo flotaba en el aire, siendo levemente iluminado por unos pequeños rayos de luces carmesí que se colaban a través de los colores de las cobijas.
A donde mirara había columnas, que le sobrepasaban su altura, de cajas apiladas. Había también estanterías: con viejas consolas, teléfonos, carteles, juguetes y cualquier cantidad de cosas antiguas. Le perturbó ver, en uno de los estantes, la cabeza de una muñeca cuyos ojos parecían seguirle con mirada curiosa.
Chris trataba de encontrar a sus compañeros en medio de la oscuridad y el desastre; cuando de pronto, algo carnoso y alargado saltó hacia él desde la obscuridad. Cayó derrumbando dos columnas de cajas a su alrededor, esparramando su contenido por todos lados.
Tirado en el piso pudo ver que en el pecho tenía una enorme serpiente con la cabeza erguida amenazándole con sus enormes colmillos, iba morderle justo en el rostro.

—Chris gritó desesperado—.
En ese instante, de la obscuridad frente a él, emergió una luz: un flash. Chris se aterrorizó aún más. Pero entonces, detrás del foco de luz pudo vislumbrar a Andrés riéndose.

—¡Es de hule! —Andrés se reía— ¡miren, el exorcista tiene miedo! —sostenía su teléfono grabándole.
Chris quedó paralizado por un momento con los ojos cerrados y luego reaccionó.

—Maldito enfermo —apartó la serpiente de juguete y se puso en pie sacudiéndose el polvo con las manos. Luego se adelantó empujando a Andrés con su hombro.

—Hiciste un gran desastre. —dijo Andrés sin poder parar de reírse— Eso sí que no le va a gustar a mi papá, ahora si tienes razones para tenerle miedo.

Más adelante encontraron a Danny. Sujetaba un abultado paquete de fotografías instantáneas: todas eran del mismo tipo de las que recibieron anteriormente.
—Son fotografías de la misma cámara. —Dijo Danny— pero estas son caricaturas… son como japonesas.
—Anime —dijo Chris— eso es anime.

Pasaban las fotografías, una tras otra. Y eran solo fotos de mangas japoneses, historietas dibujadas con el estilo japonés; eran miles de ellas quizás. En la mayoría destacaba un personaje sombrío, con una sonrisa maniática, portaba una cámara instantánea en algunas fotos; en otras capturas salía espiando tras los árboles, a muchachas, jóvenes, estudiantes.
Danny seguía viendo, una tras otra, las fotografías; hasta que llegaron a sórdidas escenas donde el personaje desollaba a sus víctimas. Danny arrugó las facciones, Chris gruñó entre dientes un sonido de repugnancia.

Continuaron inspeccionando: las había conseguido en una caja de madera y en ella resaltaba también el amarillo de un sobre, idéntico al que Danny encontró la noche anterior. Colocó de nuevo el paquete de películas donde las encontró y tomó el sobre.

—Yo escondí eso aquí —dijo Andrés sin apartar la vista del sobre.
Danny ya lo había abierto, eran fotos de Guevara inconsciente tirado en el suelo. También, había otras donde aparecían Andrés y Guevara tomándose las manos sobre un pentagrama, a los lados habían velas encendidas.

—Traté de decirles —dijo Andrés intentando detener a Danny, que luego de tirar las fotos en el suelo se marchaba a la ventana.
Y cuando lo escuchó se dio la vuelta enfadado—. “Trataste” ¿perdón? —Puso una voz ridícula e imitó a Andrés— “¿Cómo vamos a entrar? mi papa tiene esto con llave” —Cambió nuevamente la voz, disgustado— Eres un mentiroso. Tenías esto escondido, y por eso no querías que entráramos.
—Trate de decirles… —repitió Andrés, esta vez con mayor firmeza.
Danny se alteró aún más—. ¡Es que creo que nunca te escuchamos decir que habías hecho un pacto con el demonio y luego nos habías traído a tu maldita trampa!

—No es lo que pasó. —Volteó a mirar a su otro compañero.
— Chris, No es lo que pasó. —dijo nuevamente.

Chris lo miraba decepcionado, meneando la cabeza de un lado a otro. Andrés continuó:
—Yo nunca quise que esto los siguiera a ustedes, traté de decirles lo de Guevara cuando comencé a sospechar que todo estaba relacionado; pero no prestaban atención. Y luego debo admitir que me aterró desilusionarlos de esta manera, no sabía cómo contarles ¡pero iba a hacerlo! déjenme contarles. —Danny continuó su camino ignorándolo, y bajó por la ventana.
Andrés corrió y se asomó. Ya Danny iba por el tercer peldaño y se dejó caer.
—¿A dónde vas? —preguntó Andrés desde la ventana— ¡Te recuerdo que ahora también te está siguiendo a TI!

Danny se devolvió hasta la escalera y la pateó con fuerza, luego adolorido, se tomó el pie derecho con ambas manos.
—¡Maldita sea! —exclamó.
Miró hacía arriba:
—¡Prefiero morir solo que contigo, maldito mentiroso!

Andrés se ofendió y respondió subiendo el tono— ¡Y yo prefiero acabar con esto solo, en vez de tenerte cerca!
¡FALSO!
¡Traicionero!
¡Vete! —Tragó saliva y luego continuó colérico— Como lo hiciste en tercer año: ¡Ya habíamos hecho equipo para proyecto y te fuiste con el idiota de WALLY y su grupo de idiotas! Nos dejaste solos con el proyecto que YA habíamos empezado.

Chris observaba sorprendido como discutían, era la primera vez que se veían tan alterados.
Danny le replicó soberbio desde abajo— ¡Ese grupo de IDIOTAS y yo, estaremos en universidades reales el año que viene! —Se marchaba hacia la salida y luego se devolvía cuando se le ocurría algo más que decir— ¡Y tú seguramente estarás como un fracasado jugando Tekken en tu estúpido PlayStation todo el día! ¡o jugando a los Warren con tus amigos drogadictos!
¡Chris!, yo que tú me alejo de este desgraciado egoísta, antes de que termines como Guevara.
Danny se marchó definitivamente y entonces se escuchó el fuerte estruendo del portón al cerrarse.

—¡Maldito chino! —refunfuñó Andrés y empujó unas cajas que tenía apiladas al lado.

—Mierda… eso estuvo más intenso —Chris quería actuar parcialmente, sabía que Danny tenía razón en muchas cosas, pero también quería escuchar la versión de Andrés. Además, sentía que tenían la responsabilidad de aclarar las cosas.  —hay que acabar con esto. ¿Qué fue lo que hiciste?

Andrés se dio la vuelta en busca de la caja de madera y empezó a relatar:
—Los escuché hablando: a Guevara con su otro amigo, el alto, en el receso. Estaban hablando sobre demonios, la Ouija y esas cosas. Sabes que soy fanático del terror y quería escucharlo. —Metió las fotografías, las velas, y la caja junto con una pieza de cámara instantánea antigua; en una vieja mochila que estaba allí—. Ten esto—le pasó a Chris el morral y este se lo guindó.

Luego continuó explicando:
—Entonces ellos me corrieron, Guevara y su amigo. Tú sabes, con sus gafedades, pensaban que venía a burlarme, lo que sea. Resulta que días después Guevara me contactó en el receso. Dijo que esa noche harían una invocación detrás del gimnasio abandonado, yo estaba asombrado e intrigado—bajaban ya por las escaleras, Andrés seguía hablando— Pero cuando llegué al lugar él estaba solo, y me dijo que lo iba a hacer para jugarle broma al otro.

—Eduard, —interrumpió Chris— así se llama el gafo alto que siempre estaba con Guevara.

—¡Ese mismo! Bueno… él había encontrado una vieja invocación, la halló por parte de una bruja de las montañas de Butará. Era una forma de traer cosas imaginarias a este mundo. Guevara quería traer a esa cosa de un viejo anime para asustar a Eduard, por haberse negado a acompañarle.

—¿A dónde vamos? —inquirió Chris.
Ya estaban caminando en la calle y Andrés respondía desde adelante.

—Lo que traté de decirle a Danny es que esta cosa si es peligrosa, Guevara está desaparecido. Es lo que iba a decirles cuando tú me interrumpiste para hablar de los hilos negros de Karlis.
Las fotos junto a la pieza de la cámara, él me las dio esa noche luego de que saliéramos de la invocación sin que pasara nada. Me dijo que volveríamos a intentarlo. Pero días después, exactamente luego de que nos pasara lo del flash, apareció un sobre en mi casa con las fotos de Guevara muerto; dormido o no sé qué.

—Okey, y… ¿A dónde vamos? —volvió a preguntar Chris mientras trataba de seguirle el paso.

—Vamos con la única persona que puede explicarnos qué demonios invocó Guevara. —Respondió Andrés abriendo la puerta de un viejo taxi que había detenido mientras hablaba.
























CAPÍTULO V
FRACTIONIS INVOCATIO

6:15pm

Iban ambos (Chris y Andrés) en la parte trasera del auto, y poco a poco en el cielo, el azulejo se iba pintando de tonalidades rojizas por el horizonte. El sol se ocultaba, la noche comenzaba.
El taxista era un hombre de 65 años de edad. Portaba un talante cansado, con sus cuencas ennegrecidas y su rostro dominado casi por completo por una descuidada barba. De vez en cuando echaba una mirada a los muchachos por el retrovisor y en un par de veces coincidió con la mirada de Andrés.
—Este tipo es raro —le susurró a Chris.
—Dijiste que Guevara quería echarle un susto a Eduard por no haberlo acompañado. ¿Cómo se supone que iba a ordenarle a esa cosa que le siguiera?
Andrés respondió:
—Usó una fotografía de Eduard. Juntó con unas de quienes invocaban… —En su mente revivía aquella noche y entonces recordó— ¡Ah! También un poco de sangre, es el sacrificio.
Chris tragó saliva y humedeció sus labios nerviosos, le costaba mucho sostener la mirada, cada parte del relato sonaba macabro e inimaginable para un cristiano como él.
—¿Sangre de quién? —preguntó indignado.
—De nosotros, quienes le invocábamos. —Andrés le mostró su palma izquierda. Había una herida, aun no cerrada ni cicatrizada del todo.
Chris arrugó la cara y exclamó —¿¡cómo es que no vi esa mierda!?
El coche se detuvo abruptamente.
—Llegamos. – dictaminó el taxista con una voz ronca y lúgubre, en tanto les miraba a través del retrovisor.
Chris bajó y Andrés sacaba los billetes mientras también se disponía a bajar.
Cuando entregó el dinero, el taxista le sujetó por el brazo.
—¡Suélteme! —Gritó tratando de zafarse. Pero el hombre tenía una fuerza increíble y enterraba su mano alrededor del brazo como si fuese una boa constrictora asfixiando a un indefenso ciervo.
El viejo abrió su boca y de ella salió un hedor insoportable, acompañado de un sonido gutural que no se detenía. Dentro su cavidad bucal todos los dientes estaban ennegrecidos y podridos.
Jalaba fuertemente, y cada vez se acercaba más al rostro de Andrés quien no dejaba de gritar tratando de liberarse. Entonces, Chris comenzó a sujetar a su amigo desde afuera. El taxista había tenido la otra mano dentro de uno de los bolsillos de la chaqueta, cuando se dispuso a sacarla con ímpetu, se escuchó el grito de Chris:
—¡Tiene un arma!
De la chaqueta sacó una fotografía. La tiró en dirección a los muchachos y arrancó velozmente.

Andrés salió despedido por el pavimento en medio de la calle, cuando dejó de rodar, levantó el torso y exclamó: —¡maldición! ¿Qué fue esa mierda? —respiraba aceleradamente.
Chris estaba recogiendo la fotografía.
—Es Danny —dijo. En la fotografía estaba Danny, parecía estar inconsciente, tirado en un sofá, dentro de una habitación oscura.
Andrés se puso de pie y le miró de reojo.
Chris habló nuevamente:
—No podemos separarnos. Esa cosa está en todas partes y también está con él ahora. Lo tiene inconsciente en algún lugar… Debemos estar juntos. Lo que le pasó a Guevara...

Andrés respiró profundamente, se arregló las mangas y el cuello de su chemise que había quedado toda desarreglada y luego se dio la vuelta:
—Cálmate Chris, ya estamos aquí — lo tomó por ambos brazos mientras lo miraba fijamente— vamos a averiguar que mierda es esta, cómo acabarlo; y luego vamos con la marica del chino —Añadió— ¿te parece? —Chris asintió y tragó saliva, luego guardó la fotografía en su bolsillo.

Entraron en el edificio, que parecía una estructura abandonada: la reja no tenía pasador, no había bombillos en la entrada y la pintura de las paredes se desprendía en tajos, formando mapas de geografías inexistentes en las paredes.
Subieron hasta el segundo piso donde casualmente iba saliendo un señor, Andrés le abordó preguntándole, pero no fue sino hasta después de una decena de descripciones sobre el aspecto de Eduard, cuando por fin pudo decirles en donde vivía.
Chris coló su mano a través de la reja de seguridad del departamento 5D para poder golpear la puerta.
—TOC, TOC, TOC.
Unos pocos segundos después del tercer golpe, la puerta se abrió lentamente y de un lado se asomó Eduard temeroso. reconoció de inmediato a Andrés.
—¿Qué quieres? —dijo con voz nerviosa.
De pronto, hubo un ruido afuera, una rata se escabulló entre unas latas vacías que estaban tiradas en el pasillo, Eduard miró neurótico y entrecerró la puerta.
—Ya lo has visto… ¿Cierto? —dijo Andrés deteniendo la puerta— déjanos entrar, queremos acabar con esto.
—No… me temo que no pueden. —miró hacia los lados del pasillo con un nervosismo preminente y entonces sacó de los holgados bolsillos de su mono un cumulo de llaves. Abrió la reja e hizo un ademán invitándoles a entrar.

Eduard era un joven pálido, alto y delgado; de cabello largo. Con sus facciones bastante marcadas, llevaba puesta una camiseta negra cinco tallas más grandes de la que debería. <BELCEBUS> anunciaba, en letras rojas con blanco.
Su apartamento era digno de ser su envoltorio, si él fuese un muñeco emo en la repisa de juguetes malditos.

Había colillas de cigarros regadas en el piso, junto a montones de ropa tiradas por doquier. No había duda de que al menos una docena de ratas vivieran entre los calzones que reposaban esparramados sobre el sofá donde también yacían revistas pornográficas esparramadas. En la pequeña sala, contigua la entrada, también resaltaba una batería, en el tambor principal resaltaba: <BELCEBUS>. El lugar apestaba a humedad y cigarrillos.

—Perdonen el desorden —dijo Eduard avanzando entre el desastre mientras le seguían— a veces no me da tiempo de recoger…
—Tranquilo —dijo Andrés sin poder aminorar la expresión de sorpresa y desagrado que compartía con Chris.
Eduard se sentó en el banquillo tras la batería, tomó las baquetas haciendo un jueguito ridículo con ellas entre sus manos y comenzó a hacer un ritmo leve.
—No pueden detenerlo sin Guevara —dijo. Y continuó sonando la batería.

—No sé cuánto sabes de tu amigo; pero no está precisamente feliz y en su casa… por si no lo sabes. —Dijo Andrés, elevando el tono cada vez que la batería sonaba más fuerte.
—Lo se… me llegaron sus fotografías. Pretende que vaya a buscarlo.
Su puta madre irá hasta la cueva de él. Yo no.
— “cueva de él” ¿A quién te refieres? —preguntó Chris.

—Al demonio —respondió Ed.
Chris y Andrés cruzaron miradas. Este último tragó saliva y preguntó:
—¿Es un demonio?
Ed respondió:
—Okey, OKEY… Escuchen. Guevara consiguió por parte de una bruja de Butará, los procedimientos para un antiguo ritual. El rito funciona para dar vida a cualquier cosa que pidas, así sea algo que nunca existió antes. Solo das un pequeño sacrificio y eso aparecerá de una forma fantasmal a quienes le invocaron. Yo quería que trajéramos el espíritu del cuervo, era vocalista de una banda de dark-metal; Pero Guevara insistía en traer a su personaje de manga favorito, Shyunshi Manojaku. El problema con este personaje no es que fuera un fotógrafo obsesivo, asesino de medio tiempo. No, ese no era el problema… El verdadero problema es que Shyunshi termina albergando dentro de sí a un demonio japonés antiguo, llamado “Amanojaku”. Ahora imaginen a un asesino demente, que tiene dentro a uno de los demonios más temibles jamás descritos en cualquier época.

—Amanoyaku —pronunció Chris.

—“YIAKU”—corrigió Ed y se puso de pie—. Esperen, esperen… —escudriñaba entre el desastre que había a sus pies hasta que se emocionó: metió su mano en el bolsillo de unos desteñidos jeans y sacó un cigarrillo. Continuó hablando, ahora con el cigarro encendido—. Esto que trajeron al mundo… Deben saber que tiene distintos atributos en una sola identidad.
Como cualquier ente maligno, el Amanojaku se alimenta del miedo. Puede inducir a sus víctimas en sus más oscuras pesadillas hasta consumirlas por completo entre el miedo y la desolación. Cuando se apoderó del cuerpo de Shyunshi empezó a utilizar artificios de este para alimentarse. Como la persecución y el acoso, que aterraba a las chicas de la preparatoria. Cuando ya había consumido suficiente terror, los ataques saltaban a otro nivel, comienza a utilizar personas y cosas reales. ¡Este demonio hasta puede levantar los muertos de sus tumbas! cuando ya las víctimas se encuentran indefensas, si es que no terminan muriendo antes, son inducidas mediante un disparo de flash dentro de las más siniestras pesadillas por toda la eternidad… —luego culminó con mayor ligereza— normalmente duran entre uno y dos días dormidos hasta que caen en un estado de coma irreversible.

—Ha estado alimentándose… —dijo Chris— de nosotros; de todo el colegio. ¡era lo que decía Marian! Lo que habían dicho que sucedió en el baño.

—Quiere decir que… lo hemos hecho más fuerte. Quien sabe de cuantos más se habrá alimentado. —Dijo Andrés.

—Mal, muy mal —Ed meneó la cabeza y luego expulsó una nube de humo que espesó aún más la atmosfera del desastroso apartamento.

Chris no pudo evitar toser, se movió hasta el balcón y abrió los ventanales. Entonces, desesperado inhaló una buena cantidad del aire de afuera.
 —Marica… —susurró Ed con tono indiferente.

—Debe haber una manera de romper el ritual. De regresarlo al manga…

—El problema amigo, es que el ritual no está hecho para maricas que aprecien sus vidas. Para cerrar una invocación de este tipo es necesario que se haga un sacrificio más valioso del que se hizo para abrirlo. —Eduard bajó la mirada y le observó la palma de la mano izquierda a Andrés.

—¿Una cortada más grande que esa? —preguntó Chris aterrado.

Eduard comenzó a reírse y a tocar descontrolado su batería. Terminó golpeando suave y repetitivamente los platillos.

—Una VIDA. —canto con una satánica melodía y luego detuvo la batería.
—¿lo dices en serio? Nos jodimos… —Chris se dio la vuelta.
Andrés, se quedó mirándole hasta que sus ojos comenzaron a verse llorosos.
—¿Qué hay que hacer?
—Aún si quisieras sacrificarte… necesitarás los instrumentos con los que le dieron vida al Amanojaku.
Andrés caminó hasta donde estaba Chris de espaldas, abrió la mochila que este cargaba y sacó la caja de madera, se la mostró a ed.

Eduard echó un vistazo entre las fotografías y esbozó una sonrisa—, maldito Guevara está demente. ¡Bueno! Creo que necesitarán algo más. —Entonces, cruzó la sala y se adentró por el pasillo hasta llegar a una de las habitaciones. Volvió con un libro bastante deteriorado (se veía sobre-abultado) como si le fuesen agregado un centenar de páginas adicionales. Tenía una portada de cuero marrón cocida por tajos, bastante vieja y decolorada; donde resaltaba, con una superficie dorada, un pentagrama invertido. El ejemplar era abrazado por cerrojos de metal herrumbrado.
Se lo entregó a Andrés haciendo cierta reverencia, dijo:
—Te hago entrega del trabajo de más de trecientos años de brujería y encantamientos. Es la maldita biblia de una bruja.

—¡Santo… Dios! —Chris se espantó, y se hizo la señal de la cruz.

Andrés lo abrió con parsimonia, deslizando cada uno de los dos cerrojos, se sentía asombrado y aterrado al mismo tiempo. En cuanto abrió la portada de aquel siniestro libro la atmosfera se transformó de manera extraña e inmediata: una corriente de energía maldita; e invisible, recorrió cada rincón del apartamento, y cuando pasó cerca de Chris, este espabiló con un alarido ahogado.

Eduard comenzó a avanzar las páginas rápidamente— es muy importante no equivocarse con estas cosas… —las paginas parecían moverse tan rápido como si fuera por arte de magia, — puede traer consecuencias… ¿saben?, leer el conjuro equivocado… Guevara no comprendía el poder que yace derramado en tinta sobre estas viejas páginas. ¡Si te equivocas puedes invocar un par de criaturas más! Muchos conjuros son parecidos, pero traen consecuencias distintas… ¡Si te equivocas, puedes acabar metiendo esa cosa dentro de ti! —En ese instante detuvo las páginas con su dedo índice (huesudo y con una larga uña pintada de negro).
—¡Aquí está! —señaló.

En el tope de la página resaltaba: “FRACTIONIS INVOCATÍO”. Debajo, estaban escritas un montón de instrucciones acompañadas de una especie de poema con estrofas marcadas, todas en latín. También resaltaba el dibujo de un símbolo pentagrámico y otros pictogramas perturbadores.

—Deben dibujarlo, en la tierra o hacerlo con superficie, surcos... —Ed se levantó la holgada camiseta y entonces sacó una navaja reluciente, deslizó su lomo (la parte no filosa) alrededor del cuello de Andrés—. Lo importante es… que la sangre del sacrificado recorra todo el símbolo. —tenía un tono lúgubre, delataba un sadismo preminente— ¿entienden? La sangre a través de los surcos.

Andrés comenzó a sentir nauseas; la hoja metálica le punzaba con su álgida temperatura, sedienta de su sangre… Pensó que se desmayaría, entonces cerró los ojos tratando de recobrar fuerzas hasta que recupero un poco de equilibrio.
—¿Estás bien?  —preguntó Chris. Andrés no le prestó atención; miraba como, con una sonrisa satánica, Ed estiraba su mano; ofreciéndole aquel instrumento filoso con el que haría el sacrificio.
Andrés tomó la navaja y la usó para marcar la página, cerró el libro, aprisionándolo con sus cerrojos. Subió la mirada, le asintió a su compañero y de inmediato, Chris y él salieron del apartamento.





















CAPÍTULO VI
ELLA ESTÁ ROTA
8:34pm

Desde estudios de música hasta cursos especializados de inglés ocupaban la rigurosa agenda de Danny. No sabía si se sentía mejor o peor: por un lado, sabía que era lo correcto y que la disciplina es sin dudarlo una buena noción, pero por el otro lado extrañaba a sus amigos, lo justificaba pensando: —aunque sea un solo día a la semana necesitaré un respiro—.
La laguna mental le abrumó durante toda la lección. Estaba en las instalaciones del centro Alpha Student, considerado uno de los mejores institutos de la lengua inglesa en todo el país, sentado en un cómodo sofá dentro de un cubículo muy pequeño dónde apenas este cabía.
Tenía puestos unos grandes audífonos que dictaban diálogos, lo que los profesores llaman "Audio clases": consiste en mantener a los alumnos sentados en un cómodo sofá dentro de un cubículo aislado, con las luces apagadas; escuchando a personas teniendo diálogos en otra lengua.
Había estado tan caviloso que le costó darse cuenta: los audios que estaba escuchando no tenían sentido alguno. No había concordancia. La voz, que era femenina al principio, terminó distorsionándose y estaba repitiendo un montón de palabras tan rápido que apenas se entendían.
BROK.SUICIDE. MURDER.BLOOD. BROKEN.BROKEN. BROKENSHESBROK.

Hasta que el audio se quedó pegado en esas últimas palabras, las reproducía una y otra vez, sin cesar: SHES.BROKEN. SHES.BROKEN.

Se quitó los audífonos. Y por los bordes de la cortina, que separaban el cubículo del pasillo, se coló un destello.
Un flash.

—SSHKKKKK. —Fue el mismo sonido irritante de aquella noche, la cámara antigua.

Abrió la cortina con ímpetu, con la esperanza de encontrar a alguien con alguna cámara encendida; pero no vio a nadie. Certificó en el reloj que ya había pasado el tiempo de la clase, entonces se puso de pie. El lugar se veía vacío desde cualquiera de los extremos del pasillo.
Eran pocos los que tomaban el horario de la noche, pero en aquellas altas horas no se veía ni a "los pocos". Bajaba por las escaleras y lo único que escuchaba era el eco de sus pisadas rebotando por todo el recinto.

¿hello? —preguntó en inglés, ya que había una norma estricta de que al estar dentro del instituto no se podía hablar en español.
Estaba tratando de encontrar a alguien, al menos a un profesor recogiendo sus utensilios; ya que era común, encontrarse siempre a un par de personas al salir, pero, pasando de un aula a otra no consiguió ni una mínima señal de vida. El lugar parecía haber sido abandonado mientras él escuchaba su audio-clase.

Caminaba por el pasillo hacia la salida, y cuanto más se acercaba, más le llegaba un sonido extraño: justo como el crujido de articulaciones, como cuando alguien se trona los dedos o el cuello.
Estaba a punto de llegar a la recepción donde está la salida y el ruido se hizo crispante, como si en la recepción le estuviesen torciendo el cuello a alguien. Una y otra vez. Una y otra vez una y otra vez.
Atravesó por fin el pasillo y se detuvo dubitativo, aquel sonido se esfumó en un último eco que rebotó en los recovecos del lugar. La recepcionista dentro del mostrador estaba de frente a la salida, pero tenía la cabeza mirando en dirección al pasillo, como si supiese que alguien iba a salir justo en ese momento, como si estuviese esperándole...

Danny cruzó la mirada fugazmente con ella, era una mujer de unos cuarenta años, con una apariencia plástica y anticuada (como sacada de algún comercial de los años 70).
Apresuró sus pasos hasta la salida. Y enseguida, apenas miró al frente comenzó de nuevo: Articulaciones crujiendo sin cesar detrás de él, pero esta vez sentía que se le aproximaba cada vez más, que “aquello” le seguía. Cuellos torcidos, brazos, tobillos, manos. Estiró su mano nervioso hasta que alcanzó la manilla, abrió la puerta y entonces corrió hasta la camioneta, una Ford Explorer negra del año 2010, era la única en el estacionamiento.

Condujo apresurado y nervioso; aparcó afuera del edificio, en la calle. Respiraba aceleradamente, se aseguró de que tuviese el seguro puesto para todas las puertas y entonces soltó un gran suspiro con los ojos cerrados.
—¡maldita sea! —golpeó el volante.
En su mente la recepcionista torcía su cuello de adelante hacia atrás como si fuese una muñeca mal fabricada. Abrió nuevamente los ojos y respiraba más acelerado.
—¡Maldita sea! —repitió y golpeó el volante muchas veces, desesperado.
De pronto…
—Clask, clask, clask —trataban de abrir las puertas, veía siluetas obscuras—. Clask, clask, clask, clask, clask. –

—¡Basta ya! —gritó aterrado, deseando que todo fuera una pesadilla.


















CAPÍTULO VII
BANQUETE NOCTURNO
7:45pm

—Deténgase aquí señor, por favor. —Andrés abrió la puerta del taxi, dio vuelta y lanzó los billetes al interior del coche.
—¡Que buenos modales! —refunfuñó el taxista indignado y luego arrancó.
—¿Qué haces? —preguntó Chris tomando a Andrés por el brazo.
—¿Cómo que qué hago? ¿no recuerdas el susto que nos hizo pasar el otro taxista?
—Eso no. ¡Maldición! ¿Por qué nos detuvimos aquí?
Delante de ellos estaba la pared trasera del instituto San Martín. Andrés miró hasta el borde del muro y luego respondió de forma sarcástica:
—¡Claaaro!, tú pretendes que entremos por la entrada principal a hacer un ritual demoniaco junto a un sacrificio… —esperó unos pocos segundos, luego continuó:
—¡Saltaremos la pared genio! Los vigilantes no pued.

Chris le interrumpió— Andrés, sabes a que me refiero. Debemos buscar a Danny —sacó de su bolsillo la fotografía que había arrojado el taxista demente—, debemos estar los tres juntos, como siempre.

Andrés parecía no estar prestándole atención, juntó unas grandes rocas que estaban cerca del muro y las usó para escalar: primero colocó el viejo libro sobre el muro, luego aferró su mano derecha sobre la cima de la pared. Entonces dijo:
—Escuchaste lo que nos dijo, él nunca perteneció a nuestro grupo. Eso es todo Christofer.

Chris se exaltó— ¡Escúchate un momento! El grupo NO EXISTE si uno de nosotros no está. —bajó la mirada con nostalgia y continuó:

—No podemos hacer un torneo de FIFA si solo somos dos; No podemos pasarle el control a alguien más cuando perdamos en Tekken; Las peleas no tendrían sentido si no hay un punto de DESEQUILIBRIO —resaltó—, deben ser disparejas para que alguien pueda perder. No somos dos, ni uno… Somos tres.
Volvió a subir la mirada y le vio fijamente:
—El hecho de que estemos haciendo esto sin él, no tiene sentido, —fortaleció su tono para terminar—. El hecho de que él esté en cualquier parte, solo, y sin nosotros, tampoco tiene sentido… Eso es la amistad Andrés, lo sabes.

Hubo un breve silencio, Chris mantenía fija su mirada con la certidumbre de haber convencido a su amigo, de haber llegado al tuétano de sus sentimientos.

—No lo haré. No perderé mi tiempo buscando a esa basura asiática.
—¡Eres un egoísta! —Chris se dio vuelta y se fue caminando.
—¡Soy el más egoísta Chris! —vociferó Andrés montado en el muro y continuó gritando— ¡tanto que estoy a punto de entregar MI PROPIA VIDA para salvar el trasero oriental de Danny junto al tuyo!

Chris alzó desde lejos la mano con el dedo del medio extendido y continuó caminando con dirección a los edificios Costa caribe, que quedaban a unas pocas cuadras del instituto San Martín.
Caminaba apresurado, hasta que dobló en la esquina, era la primera cuadra. Se detuvo un momento y notó que tenía las trenzas desatadas, se las introdujo velozmente dentro del zapato, sin amarrarlas. Algunas noches cuando pasaba por esa calle montado en el coche de sus padres pensaba: ¿quién sería el demente que cruzaría este tramo a esta hora?


—Soy un demente. —Se dijo a sí mismo y se puso en marcha.
La calle, que estaba en medio de las paredes laterales del instituto y un terreno abandonado, tenía al menos trecientos metros de casi absoluta obscuridad antes de llegar a la siguiente cuadra. En medio del sórdido trecho había un farol que alumbraba penosamente una exigua porción del asfalto.

—No voy a correr, no me veré tan demente —pensó, apresurando la marcha.

Adelante atisbó a un grupo de indigentes. Estaban congregados en algo, amontonados comiendo.
—Revisando algún basurero… —pensó Chris.

Cuanto más se acercaba, más podía escucharlos masticar, también se acrecentaba una podredumbre insoportable. Cuando llegó el momento de pasarles por un lado pensó: “no voltees”. Pero volteó…

En el piso había un perro muerto, estaba muy hinchado, como si llevara días de descomposición. Los indigentes estaban masticando sus viseras, jalando, mordiendo y tragando salvajemente.

Chris contuvo el vómito arrugando las facciones, y entonces uno de ellos subió el rostro y le miró: de la boca le chorreaba sangre espesa por la descomposición y tenía las pupilas negras casi tan grandes como unas canicas. La criatura abrió con voracidad su boca y engendró un escalofriante sonido gutural, uno que ningún ser vivo podría imitar.

Chris se espantó y perdió el control: tropezó con sus cordones desatados.
Dejó salir un alarido; no por el golpe al caer o las raspaduras, sino del terror que sintió. Esas cosas estaban lo suficientemente cerca como para tomarle por los pies, como para morderle su tobillo.

Luchó por arrastrarse rápidamente hasta que logró ponerse de pie. Empezó a correr y detrás de él los escuchaba: gorgoteando y haciendo bramando espantosamente. Corrían persiguiéndole.

—No es real, esto no es real… No es real —repetía en su mente mientras corría.

Llegó al círculo del asfalto que estaba iluminado y se detuvo exhausto a tomar aire. Se dio la vuelta para ver si tenía ventaja, pero para su sorpresa, no había nadie siguiéndole. “Todo está en mi imaginación” pensó mientras respiraba profundamente, tenía unos cuantos años sin hacer semejante esfuerzo físico.
De pronto, el farol que le iluminaba estalló, Chris se cubrió la cabeza intuitivamente; sin embargo, algunos pequeños trozos de vidrio se le incrustaron en los brazos y el cuello.
Se miró las heridas del brazo, retiró uno de los cristales y salió un poco de sangre
—gruñó quejándose por la herida—. Esto sí parece real.

—SSSHHKK.

El indistinguible ruido vino desde al frente, y unos treinta metros más adelante surgió un flash en medio de la obscuridad. Se sintió acorralado: desde al frente le esperaba el ectoplasma de la cámara; y detrás, quién sabe cuántas de esas criaturas carnívoras aguardaban en la penumbra a que se devolviera, para saltarle encima y comerse sus viseras mientras aun siga con vida.
En aquel instante, sintió como unos dedos le caminaron sobre la espalda. Volteó aterrado, lo hizo rápidamente, pero no vio nadie.
< Respiraba agitado del miedo que sentía>.
Vio flotando una fotografía instantánea, esta descendía con delicadeza hasta que cayó boca abajo sobre el pavimento. Se dio vuelta al frente nuevamente, de donde había venido el destello.
—No, no… ¡no lo haré! —Exclamaba con una firmeza de cartón, que le hacía ver despavorido—. ¡No jugaré tú juego!
—SSHKKK.
De nuevo el flash… Esta vez unos diez metros más cerca.
—¡Basta! —se desabotonó la chemise y sacó el rosario que le colgaba del cuello.
—¡Aléjate!  —desafiaba a la oscuridad, apuntando con la cruz, como si fuera un arma. —¡Aléjate! —. Continuó murmurando— Jesús hijo de David, ten pied…
Le interrumpieron nuevamente unos dedos gélidos que le tocaron desde atrás; esta vez le llegaron hasta el hombro y pudo ver el celaje de una mano espantosamente pálida.
Chris volteó sollozando. Comprobó una vez más que no había nadie; entonces, vio descender otra fotografía, que cayó al asfalto justo encima de la anterior. Decidió, doblegado del miedo y la intriga, recogerlas y verlas.

En la primera destacaba su silueta, y a la distancia, detrás de él, se distinguía exiguamente otras figuras retorcidas. Y en la otra foto, aquellos contornos humano-formes estaban aún más cerca de él.

—SSSHHKKKK—
Sintió al flash como un reflector que estalló detrás de él.

Chris levantó la mirada sin voltearse. Y la luz desde su espalda los iluminó: había al menos una docena de indigentes caníbales, uno de ellos estaba muy cerca e hizo ese sonido gutural escalofriante antes de abalanzársele encima.
Lo empujó con fuerza y este cayó en el suelo tumbando a otro que venía detrás; los demás comenzaron a hacer gritos desesperados como una manada de bestias carnívoras persiguiendo a su presa. Comenzó la cacería...
             
Mientras huía, desde los lados se disparaban destellos de flash, unos cuantos le aturdieron hasta casi el punto de perder la estabilidad, pero se esforzaba por mantenerla al darse cuenta que los tenía justo detrás. Pasó por la siguiente cuadra sin vacilar y cruzó a la derecha en la próxima a esa, sin aminorar la velocidad.

Delante, estaban los edificios Costa Caribe y afuera, aparcada a un lado de la calle yacía una Ford Explorer negra del año 2010, enseguida la reconoció: (la camioneta de Danny). Chris dobló hacía ella; detrás, los caníbales venían rugiendo deseosos de darse aquel banquete.

—Clask. Clask. Clask —Tiraba de la manilla de la camioneta— ¡ABREME!
Danny estaba adentro, golpeando el volante y gritando cosas que se volvían inaudibles desde afuera. Parecía no darse cuenta de que su amigo estaba llamándole del otro lado.

Los monstruos se acercaban cada vez más. Chris estaba aterrado, venían desde varias direcciones; dio la vuelta a la camioneta y fue hasta el lado del copiloto.
—Clask. Clask —.
—¡DANNY! —golpeaba el vidrio con desespero, pero su compañero no parecía reaccionar.
La manada de criaturas ya estaba rodeando la camioneta; Chris se apartó de la puerta y se encaramó desde el capó hasta llegar al techo, sujetándose de la porta equipaje superior.
Golpeaban la camioneta con demasiada fuerza; uno de ellos estaba estrellando su cabeza contra la ventana del conductor (el vidrio se astillaba cada vez más).
—¡ARRANCA MALDITO CHINO! —Gritaba Christopher desde arriba.
Dos caníbales subían desde el capó, y otros dos trataban desde el maletero; con los ojos centrados en el muchacho que estaba sobre el techo. Éste golpeaba la superficie y continuaba gritando a su amigo.

De repente la camioneta se puso en marcha con ferocidad, llevándose por delante a unos cuantos. Pero quedó uno sujetado del limpiaparabrisas; Chris trató de escabullirse para patearlo, pero la camioneta cruzó inesperadamente a alta velocidad, haciéndole resbalar. Quedó guindando del lado del conductor sosteniéndose apenas de los barandales del techo.
—Ahhhgr —Hizo un tremendo esfuerzo para subir nuevamente, a pesar de que sus zapatos desgastados se deslizaron varias veces mientras lo intentaba, al tercer intento lo logró.
Pero notó que el caníbal ya había subido desde el parabrisas sosteniéndose también de la parrilla del techo. Entonces, sin soltarse, estiró su pierna y le empezó a patear, el caníbal rugía enfurecido hasta que mordió su zapato.

—¡HIJO DE PUTA! —Chris gritó despavorido.
Se dio cuenta de que las trenzas del zapato danzaban en el aire sin control, y se le ocurrió deslizar su pie del zapato. Funcionó, su pie salió apenas cubierto con un calcetín roto.
Inmediatamente se volteó y pateó con el otro pie. Fue una fuerte patada, hizo que la criatura saliera impulsada por el aire hasta caer rodando por el pavimento.

Pasaron las zonas oscuras y no transitadas y llegaron a una donde había actividad: vehículos que iban y venían; personas en las paradas de autobús. Todos miraban extrañados aquella camioneta con el chico montado en el techo. Chris estaba acostado boca abajo, sujetándose con todas sus fuerzas, mientras recitaba trastabillando un centenar de oraciones.
De pronto la camioneta se detuvo bruscamente haciendo sonar los frenos estridentes, frente al vehículo destellaba el anuncio de luz azul sobre el establecimiento: FARMARINA 24Hrs. Era una farmacia muy concurrida en la ciudad.

—Estos jóvenes de ahora… —musitó indignado, un anciano que iba saliendo de la farmacia—. ¡Dios mío! —exclamó meneando la cabeza de un lado a otro cuando vio a Chris bajándose del techo. —Estos muchachos de ahora tienen unos jueguitos…

Chris bajó tambaleándose y se detuvo en un jardín que separaban la calle del estacionamiento de la farmacia. Vomitó.

—¿Chris? —preguntó Danny al bajar de la camioneta con una expresión de desconcierto.

—¡Casi me matskdhgf! —soltó otro vomito— ¡casi me matas! —Gritó y luego se pasó la mano por los labios.
Danny se inclinó apoyando las manos sobre sus rodillas. <inhalaba y exhalaba profundamente>.
—¿Ahora hay zombis? —preguntó alterado.

Chris trataba de mantener el equilibrio, aun se sentía mareado.
—No son zombis, o algo en específico... Son manifestaciones de nuestros más grandes temores. Esa cosa es un Demonio antiguo de Japón y es capaz de dar vida a tus pesadillas, así es como se alimenta y se hace más fuerte y bla, bla, bla, lo sabrías si fueses estado con nosotros cuando Eduard nos explicó.

—Estas no son pesadillas Chris.

Ambos, simultáneamente, dirigieron la mirada a la camioneta: la ventana del conductor estaba astillada en espiral con su epicentro salpicado de sangre, las puertas tenían abolladuras y del parachoques delantero goteaba sangre, haciendo un pequeño charco debajo.
En ese momento entendieron la gravedad de la situación. Había sangre real, abolladuras reales. Chris se miró las heridas en el brazo, comenzaron a arder, aun tenia algunos trozos de vidrio incrustados.

—Podemos morir. —dijo Danny, y hubo un silencio.


—¿Dónde está Andrés? —preguntó.

Chris estaba caviloso, algo le rasguñaba la mente con insistencia.
—Andrés… él está… él está tratando de detenerlo…  
Se mantuvo mirando a la nada, pensando. Hasta que de pronto se exaltaltó, se desguindó la mochila y la abrió.

—Maldición…
Dentro de la mochila estaban todos los implementos para el ritual de ruptura, desde unas cuantas velas y encendedor; hasta las fotos y las piezas de la cámara antigua.
—No lo logrará…


CAPÍTULO VIII
¡MOVIES TIME!
7:50pm

La obscuridad ya había ganado la batalla diaria por el dominio del hemisferio. Solo llegaba un vestigio de la luz lunar que lograba iluminar, pobremente, a través de las aglomeradas nubes. Era la suficiente proporción lumínica como para solo poder distinguir contornos, difusas formas.

Andrés cayó sobre un montículo de hojas secas al otro lado del muro. Ya estaba dentro del instituto. Echó una mirada fugaz por toda la periferia, comprobando si uno de los vigilantes hacía patrullaje; o si pillaba la luz de alguna linterna, pero no había nadie. Estaba solo, se sentía solo.

En primera instancia no halló nada inusual en el instituto, solo se veía terreno; arboles; estructuras y sus sombras. Solo se oía el silbido del viento y el sonido de las ramas que bailaban a su son.

Durante el día, el inmenso instituto San Martín, con sus campos, sus jardines y sus distintas estructuras; podría ser escalofriante, sobre todo en las horas de la tarde, cuando solo quedan unas pocas aulas funcionando con alumnos del tercero y cuarto año de preparatoria. En esas horas se percibe en los pasillos, como la soledad y el silencio, enmascaran a las risas extraviadas de miles de niños que corrieron alguna vez por ellos; enmascaran el amor y la amistad; encubren al potente espíritu de la juventud, junto a los bajos decibeles temperamentales de la adolescencia.
En los pasillos lo percibes: amor y odio, de una forma escalofriante... Amor y odio, que llevan atrapados centenares de años en los recovecos del San Martín.

Pero en la noche —en aquella específicamente— el instituto parecía haber salido de alguna abyecta pesadilla. Algo había transformado su atmosfera cargada de cosas buenas y malas (de energías humanas); en una atmosfera atiborrada de cosas ominosas, colmada de fuerzas inhumanas (demoniacas). El silbido del viento no era eso, eran susurros de sollozos y lamentos; Las sombras tomaban vida escabulléndose y volviendo a aparecer, como entes pérfidos que envidian la condición humana y desean arrebatarla en cualquier descuido.

A unos cien metros de donde cayó Andrés, pasando por una pequeña aglomeración de árboles, y después del campo de béisbol, se erguía la vieja estructura del gimnasio cubierto. El gimnasio fue clausurado hacía años, al igual que la churuata, debido a que el techo ya había colapsado en varios puntos, derrumbándose sobre las gradas. Más aun, desde afuera se veía imponente, vulgar. Con el nubarrón que escondía a la luna puesto sobre él, otorgándole a su fachada un aire siniestro y lúgubre.

—Okey… debo concentrarme. —Dijo. En su mente planeaba cada paso antes de continuar: pretendía llegar a la parte trasera del viejo gimnasio, donde él y Guevara habían hecho la invocación, luego haría el símbolo en el suelo (certificó la figura en el libro) y después de recitar las estrofas…

—¿acabaré con mi vida? —se preguntó a sí mismo— ¿seré realmente capaz de hacerlo?
Preguntó una vez más a su consciencia tambaleante:
—¿A qué has venido? —Su mente, que siempre estallaba de soluciones abstractas y pensamientos oportunos, se enmudeció… No hubo respuesta alguna.
Pensaba en nada, pero sentía un montón:
Sentía que su alma estaba hecha una piltrafa, sin valor ni voluntad; llena de miedo. El frio ventarrón de aquella noche, no venía de la costa, como de costumbre; parecía emerger de algún plano infernal. Punzaba sin piedad haciéndole sentir desnudo y desarmado; a la vez que susurraba miles de sollozos inentendibles, voces de almas condenadas a la obscuridad eterna.

Colocó el libro presionado entre su espalda y el pantalón, se bajó nuevamente la chemise, e inició la caminata de manera cautelosa; pasando entre de los árboles que se alzaban dando vida a un pequeño bosque, que dominaba desde el montículo de hojas hasta los laterales del campo de béisbol y que luego acababa en la parte trasera del gimnasio —a donde debía llegar—.

Siguiendo el camino del boscaje el trayecto iba a ser más largo; pero ya había imaginado el escenario, si llegaba a cruzar por en medio del campo, a la vez que saliese uno de los vigilantes a patrullar: No tendría donde ocultarse. Sería reportado y toda la misión habría fracasado.

A medida que avanzaba escuchaba sus pasos por encima de la vegetación, resquebrajando hojas y ramillas, pero de pronto… sintió una punzante intuición de que le estaban observando desde atrás, entonces detuvo el paso. En ese momento se quedó en silencio hasta que escuchó detrás de él unas cuantas ramas quebrándose, ahora tenía la certeza de que alguien estaba pisando sus pasos, siguiéndole.
Se dio la vuelta lentamente, empezó a escuchar un gruñido bastante bajo y grave. A unos diez metros, entre los árboles y la maleza, atisbó a un par de pupilas diabólicas que rutilaban en tonos rojizos.

Dio unos pasos atrás, quedó espantado, el gruñido persistía mientras aquellos pequeños focos fulgentes se acercaban con una parsimonia maliciosa. De pronto, la bestia manifestó un fuerte ladrido… muy, muy imponente, como el que produciría la caja bucal del temible Cancerbero (el perro del infierno); y justamente aquella mítica bestia le vino a la mente, cuando notó que de la espesa oscuridad suscitaban otro par de ojos más, a la vez que unisonaban con furia los ladridos amenazantes. corrieron hacia él.

Emprendió la carrera por su vida. Esquivaba árboles y apartaba ramas con sus brazos, algunas llegaban a rasparle la piel. Después de haber recorrido unos treinta metros en la espesura macabra, notó que se estaba quedando sin aliento y que, al contrario, aquello que le seguía aceleraba el paso. Sintió que estaba a punto de ser devorado cuando, en un acto de inteligencia repentino, se impulsó con ambos brazos encaramándose en uno de los troncos. Apenas se alzó la bestia vaciló en el aire —se había lanzado para morderle—, Andrés continuó escalando hasta una rama alta en donde no podía ser alcanzado. Debajo del árbol saltaban y merodeaban un par de perros rottweileres de grandes proporciones.

—¡Mierda! —susurró. Respiraba aceleradamente, pero sentía alivio de cierta forma ya que momentos atrás pensaba que sería devorado por alguna bestia demoniaca conjurada por el ente que ahora gobernaba aquellos campos. Sin embargo, en todos sus años dentro del instituto nunca había sabido de aquel par de perros asesinos, que al parecer liberan en las noches para custodiar el San Martín.

—SSHHHHH —gesticulaba con sus dedos sobre los labios— SSSHHHH.
—Perrito…
—Quieto… shhhh.
Los perros ladraban con fervor, alarmando a los pájaros de los árboles que salían volando despavoridos. Era cuestión de minutos antes de que alarmaran también a los vigilantes.

De pronto, un silencio sepulcral invadió todo el ambiente. Se detuvo el viento. Los perros voltearon en dirección al campo de béisbol, desde donde entró a la arboleda un halito maldito; una brisa débil y fantasmal, parecida a la que presenció en la churuata cuando las iguanas enloquecieron. Se la podía ver llegando desde la distancia, ya que levantaba algunas pocas hojas a la vez que avanzaba en dirección a él.

Los perros chillaron empavorecidos, y con las colas entre las piernas se fueron corriendo en dirección contraria, se tropezaron un par de veces de manera torpe. Andrés vaciló nervioso el equilibrio, casi se caía mientras le inundaba un terror abrumador. Aquel aire llegó hasta el árbol en donde él estaba y luego subió por sus ramas. Sintió entonces un frio macabro, a la vez que escuchaba miles de voces casi inaudibles, que no podía entender. Se deslizó por las ramas donde estaba montado y luego bajó por el gran tronco hasta llegar al suelo, Corrió con dirección al gimnasio abandonado, miraba constantemente hacía atrás hasta que salió de la arboleda y se encontró en medio del campo de béisbol; miró al boscaje una vez más y cuando volvió su mirada al frente…

—SHHHHK.

Un fuerte destello lo aturdió.


—Me atraparon.
—Los vigilantes.
—Lo que vi… fueron sus linternas.


—Despierta Andrés —dijo su madre.
—No má… dame un minuto.
Aquellas últimas palabras rebotaron en un bucle dentro de su mente una y otra vez, Hasta que despertó.

Estaba en medio del pasillo, en el segundo piso de su casa. En nada se sentía igual que estar en casa, sin embargo, todo era familiar, aunque nada encajara. Las paredes de la planta superior que originalmente estaban pintadas de blanco, habían sido manchadas hasta los topes de sangre. Era siniestro, era macabro; Pero era familiar, como una especie de deja vu abyecto. Escuchaba un zumbido irritante, el mismo que se origina cuando algún cable de audio está flojo o mal conectado. De pronto, alguien o algo… comenzó a empujarlo a través del pasillo, trataba insistente de ver quien le empujaba, de detenerle. Pero no podía. Era conducido por esta fuerza, aun en contra de su voluntad; era forzado a atravesar el pasillo, con sus paredes ensangrentadas que de pronto burbujeaban salpicándole sangre encima; Los muros sanguinolentos se estiraban hacia arriba, haciéndole sentir indefenso; y con ese irritante sonido que le ocasionaría un derrame cerebral.
Aquello que le empujaba dobló en la primera habitación a la derecha, la puerta de madera (blanca y de igual manera: manchada de sangre viva que fluía como en una fuente) se abrió lentamente a la vez que chirreaban sus oxidadas bisagras. Allí se detuvo, la puerta se estaba abriendo y no había marcha atrás; una sombra negra se había plantado en el umbral e irradiaba una fuerza tremenda sobre él, impidiendo que retrocediera.

Dio un paso hacia adentro de la habitación y el zumbido se detuvo. En el fondo de la recamara había un televisor de cajón con un dispositivo de VHS sobre él; el artefacto se tragó una cinta y casi de inmediato, luego de centellar una imagen de interferencia, comenzó a reproducir una vieja película.
La fuerza de la puerta volvió a empujarle, y esta vez volteó y pudo reconocer un rostro: Era su hermano mayor, con su collar de pucas colgando sobre un suéter de lana y cuello de tortuga; este portaba también una sonrisa macabra, que se le marcaba de una oreja a la otra. Miró a Andrés desde arriba con sus retorcidas expresiones; el muchacho sentía que moría, que le arrebataban su vida y cerró los ojos. Entonces su hermano se los abrió forzadamente a la vez que no paraba de reírse mientras le conducía hasta el dispositivo de video.
—¡Es hora de películas! —dijo su hermano con una voz que terminó distorsionándose, hasta parecer la voz del mismísimo satán.

En la pantalla había un viejo pozo (verlo le generaba una sórdida sensación en lo más profundo), le recordaba a Andrés la primera película de terror que vio en su vida. Del pozo comenzó a salir una mano, mugrienta y huesuda; salió del pozo otra mano y luego ambas sobrepasaron la barrera de la pantalla apoyándose en los bordes de la TV. Andrés soltó un alarido y trataba de correr, pero la fuerza sobrehumana de su hermano apabullaba a sus intentos; trataba también de cerrar los ojos, de voltear el rostro, pero era imposible.

Una de las manos que salían del televisor comenzó a tantear en torno, hasta que dio con uno de los pies de Andrés, este dejó salir otro gritó de desesperación mientras pataleaba tratando de liberarse. La mano le jaló con una fuerza abrumadora, luego otra mano le tomó el otro pie. Intentó sujetase de las vestiduras de su hermano, pero resbaló; intentó aferrarse del suelo, pero fue inútil; cuando miró se dio cuenta de que ya tenía la mitad del cuerpo dentro del televisor y muchas manos le tomaban por todos lados; dentro, le esperaba la desolación eterna: recordó lo que les había explicado Eduard, y comprendía que había sido inducido en sus peores pesadillas y que al momento de ceder, su cuerpo caería en un estado de coma irreversible.
Se aferró, por último, intento, de los bordes de la pantalla; cuando de pronto, el televisor se cayó quedando con la pantalla mirando al techo de la habitación, entonces sintió como la gravedad se distorsionaba aceleradamente, notaba que su cuerpo era succionado por el pozo dentro del televisor. Apenas seguía sosteniéndose y tenía solo la cabeza y los hombros afuera; entonces su hermano, que no había parado de reír, se calló, se puso de pie, caminó hasta el televisor y sin quitar la sonrisa diabólica de su rostro acercó su mano a la perilla lateral de apagado. —¡no!, no, no, noooo —suplicó Andrés antes de caer, la pantalla se ennegreció dejándole ver por última vez al hermano diabólico.

Mientras caía en el pozo se golpeó fuertemente contra uno de los rústicos muros de piedras apiladas—se rompió la muñeca—, gritó conmocionado de dolor, y los chillidos se convirtieron en ráfagas de eco infinitas que no llegaban a ningún lado. Seguía cayendo a gran velocidad, pero sentía dentro de su pecho como su alma era oprimida con mayor celeridad.

















CAPITULO IX
EL SACRIFICADO

Había estado cayendo durante poco más de un minuto; lo que le hacía deducir que el pozo: era extremadamente profundo o peor aún… era infinito. En cualquiera de las opciones las cosas no acabarían bien; su alma sería consumida. Cuando llegó a esa conclusión dejó de preocuparse por no volverse a quebrar más huesos contra los muros. Cerró los ojos deseando volver atrás.
De pronto escuchó un sonido familiar rebotando débilmente entre los bordes del precipicio:

—¡Andrés, drés! —sobrevivía en una ráfaga de ecos— es, es, s.

Provenía desde la cima del pozo.

Luego escucho dos voces casi unísonas gritando:
 —¡ANDRÉS!
Lo próximo que sintió fue una cachetada.

Se esfumaron las paredes del pozo, entonces recobró la vista, frente a él estaban Chris y Danny.

—¡Te dije! que con una buena cachetada… —Dijo Chris mientras movía su mano simulando dar una cachetada en el aire. Danny se reía.

Andrés sentía un tremendo dolor, entonces se dio cuenta de que tenía la mano izquierda (que había impactado contra las paredes del pozo) flácida como un trozo de gelatina, estaba guindando hacia atrás. Soltó un alarido del espanto y Chris arrugó las facciones al vérsela.

Se encontraban sobre la tarima, dentro del Gimnasio Cubierto, a unos pocos metros estaba tendido el cuerpo de Guevara.

—¡Hay que despertarlo! —dijo Andrés poniéndose en pie, apoyándose penosamente con una sola mano.
Los tres corrieron hasta el cuerpo de Guevara. Lo encontraron boca arriba, y al igual de cómo sus amigos habían hallado a Andrés, este tenía las pestañas abiertas pero el iris volteado hacia arriba; todo lo que veían era la esclerótica, solo que en este caso estaba manchada de sangre. Muchos vasos se habían roto a causa del tiempo que llevaba esa inusual posición ocular.

Chris lo abofeteó con fuerza varias veces, Andrés le gritaba llamándole por su nombre, ambos estaban hincados alrededor del cuerpo. Danny se mantenía de pie, inspeccionaba todo el lugar.

Lo que alguna vez fue un espacio multifuncional: con una cancha de futbol salón, con los aros de cada lado para los partidos de basquetbol, con una gran tarima y sus respectivas salidas laterales para dar vida a obras de teatro y presentaciones; ahora se había convertido en el palacio de las pesadillas. Un castillo gobernado por la desolación. Las gradas oxidadas yacían destruidas por un gran escombro que alguna vez cayó del techo; la tarima era enorme y estaba en medio de dos torres que conectaban las entradas al escenario con escaleras que descendían a la cancha y las gradas, en lo alto de las torres estaban los palcos. Desde los muros de las torres laterales chorreaban pequeñas emanaciones de agua producto de filtraciones jamás reparadas, lo que daba vida a un sinfín de vegetaciones mohosas que regían el escenario, pestilente de humedad.

De pronto… desde una de las entradas laterales llegó un aterrador grito gutural, cuyo eco revotó en cada rincón del Gimnasio Cubierto.

—¡Ya déjenlo! —les gritó Danny sin apartar la vista de la entrada lateral derecha, pero entonces se escucharon dos regurgitaciones más, del mismo tipo. Esta vez provenían de la otra entrada, la de la izquierda. —llevan mucho tiempo intentándolo… ¡vámonos!

Chris dejó de abofetear el cuerpo y se dirigió a Andrés.
—Es el coma… —dijo casi inaudible. Levantó más la voz—, es irreversible —colocó la mano sobre la espalda de su amigo.

Andrés se puso de pie y dijo con certeza— Hay que hacer el ritual.

La muerte irrumpió en el escenario. Llegaron corriendo, aglomerados como una estampida de animales desde ambas entradas de la tarima (obstruyendo las salidas), eran las mismas bestias que habían perseguido a Chris hace unas horas, emitían escalofriantes ruidos mientras se dispersaban persiguiendo a los tres amigos. Danny fue el primero en reaccionar: atravesó el escenario y empezó a levantar una escalera de madera que estaba tirada en el suelo, cubierta de plantas enredaderas y moho.
—¡Ayúdenme! —gritó Danny tratando de levantarla, pesaba muchísimo.
Chris corrió, y ambos levantaron la escalera, la apoyaron del umbral del palco derecho.

Andrés les daba tiempo corriendo de un lado a otro, llamando la atención de los caníbales; Cuando notó que Danny estaba arriba, en el palco, y que Chris iba por el último peldaño, se dirigió de prisa a la escalera. Comenzó a escalar rápido, pero no podía sostenerse bien, debido a que la mano derecha le colgaba con la muñeca fracturada. Fue más despacio.

—¡Muévelo! —Chris extendió su mano desde el umbral, para sostenerle apenas pudiera.
Aquellas bestias, que alguna vez fueron humanos, se tropezaban brutalmente dirigiéndose hacia la escalera, y aunque no la podían subir, con los azotes hacían que esta se tambaleara, y que Andrés perdiera la estabilidad. De un instante a otro las patas de la escalera bailaron sobre la superficie mohosa, y se precipitó brutalmente con Andrés aun en ella.

Chris pudo alcanzar su brazo en el aire; sin embargo, su mano se deslizó en el brazo por el peso, pero se aferró con fuerza en la muñeca de su amigo.




Andrés gritaba adolorido, mientras colgaba tambaleándose en el aire:

—¡AAHHHHHHHHHHHHH! —Arrugaba la cara sintiendo un fuerte dolor, como si se le desgarraran los tendones— ¡Malnacidoooo!
—ESA ES LA MANO ROTA.

Chris arrugó el rostro al notar que la mano que estaba sosteniendo parecía una piltrafa de carne flácida, deshuesada. Pensó que vomitaría, o que en un acto involuntario de repugnancia le soltaría.
Danny se asomó a un lado:
—¡Estira la otra mano!

Andrés no escuchaba lo que su amigo decía, ya que el dolor de su muñeca derecha era insoportable, sentía que le estallaría algo en el cerebro, pero intuitivamente alzó el otro brazo. Danny lo tomó de inmediato, y ambos le subieron a través del umbral.

Andrés se tiró en el suelo a sollozar, se agarraba la muñeca dislocada con la mano izquierda. Gemía y liberaba constantes aullidos de dolor.

Chris se acercó respetuosamente:
—Perdón… —dijo con voz disminuida.

—ME SALVASTE LA VIDA PEDAZO DE MIERDA. —Gritó sardónico.

Luego bajó el tono y empezó a sollozar:
—No… sshhh, no te disculpes… pedazo de basura.
—Maldito animal...

Danny bufó una corta risa. Andrés se puso de pie tambaleándose y dijo:
—Pensarás que lo merezco… ¿cierto? —preguntó sin mirarle directamente.

Su amigo volteó y le miró con una expresión sincera:
—Sin resentimientos —extendió la mano.
Andrés sonrió, y le estrechó el gesto con la mano que no tenía fracturada. —Sin resentimientos, —dijo. Pudo sentirse un cambio en la atmosfera; Andrés dejó de pensar en su muñeca por un instante y comprendió lo que Chris le dijo: “no somos dos, ni uno… somos tres. El grupo no existe si uno de nosotros no está”.

De pronto Chris les interrumpió:
—¿Si sabes que esa es la mano traicionera… cierto Danny? —señaló la mano izquierda de Andrés, con la que estaba estrechando las paces.

Danny y Chris se rieron. Andrés contuvo la risa, trató de pintar una cara de matón.

Desde la ventana del palco, que daba con el escenario, entró un coro de atroces gritos, y se acercaron nuevamente al umbral. Debajo, en la tarima, había más de una docena de caníbales, todos viendo en dirección a ellos. Emitían bramidos burbujeantes originados en sus gargantas espesas, atiborradas de sangre coagulada; jamás algún ser vivo había podido engendrar tal aberración sonora.

Danny señaló al cuerpo que yacía tendido en medio de aquellas criaturas. —Esta ha sido su guarida, te trajo hasta acá para tenerte de trofeo como tiene a Guevara…
—Quizás lo debilitamos —dijo Chris. Miró a Andrés—. Despertándote.

Andrés sacó el libro de su espalda y deslizó la navaja que estaba marcando la página hacia afuera. Le entregó el libro a Danny, y él se volvió a guardar la navaja.

—Debemos detenerlo definitivamente. Tú leerás el ritual, yo haré lo que debo hacer. —Dijo eso y se pusieron en movimiento.

Los palcos tenían una salida directa hacia la parte trasera del Gimnasio. Andrés abrió la puerta de metal, y salieron; pero se encontraron a diez metros de altura sobre la tierra, en donde harían el símbolo. Salieron a una especie de platabanda que conectaba la salida trasera de ambos palcos. Pero la escalera de descenso para el patio trasero estaba al otro extremo de la platabanda metálica (frente a la puerta del otro palco).

Los tres caminaron con sumo cuidado, ya que la platabanda estaba bastante desgastada por el óxido y las tempestades, en algunos tramos de la caminera había huecos tan grandes como para deslizar a una persona entera.

Llegaron al otro extremo y Chris se dispuso a bajar, cuando repentinamente, desde las salidas de abajo, comenzaron a salir los caníbales. Chris se detuvo, presenció como esta vez se amontonaban todos produciendo sonidos de huesos rotos. Las extremidades se fracturaban casi al son de un orquestar macabro.

Unas piernas se unían con otras; cabezas se derretían asquerosamente y se fusionaban con costados, dando vida a una masa amorfa y atroz, que regurgitaba de manera espantosa. Lo que oyeron y vieron aquella noche ninguno de los que salió con vida podrá olvidarlo jamás. La masa se estiró y dio existencia a una criatura indescriptible, de unos nueve metros de altura; de la parte superior de aquella a-morfología suscitó una boca terriblemente armada con miles de dientes amarillentos y puntiagudos; más abajo desde los extremos surgieron extremidades flácidas, que destruían todo a su alrededor. Aquello carecía de cualquier patrón o forma coherente… No era de este mundo.

Los tres quedaron atónitos y aterrados al ver el verdadero rostro del demonio, del Amanojaku.

La bestia golpeó con furia la platabanda, partiéndola a la mitad. El extremo de donde habían salido se derrumbó, dejándolos con la única opción de entrar al otro palco. Saltaron con un solo movimiento al interior y entonces el demonio emitió un estridente chirrido que les apabulló el alma.

Andrés y Danny permanecían atónitos en el suelo del otro palco, Chris les llamó:
—¡Muchachos!
Cuando voltearon admiraron, colgadas en la pared, a miles de fotos instantáneas. Era un gran collage. Las fotos no eran solo de ellos, había cientos de personas distintas, de toda la ciudad; la mayoría capturadas con expresiones de terror.

—Es Marian… —murmuró Danny, señalando a una de las fotos guindada al extremo.

—Es su colección… —Dijo Chris—. Una colección de miedos.

Andrés se acercó a él y abrió la mochila. Sacó un encendedor que habían equipado para encender las velas del ritual.
—No podremos hacer el ritual luchando contra esa cosa. Creo que si quemamos esto… —acercó la llama a un grupo de fotos— Podremos debilitarlo aún más.

Una docena de películas instantáneas refulgieron en llamas y desde afuera suscitó otro gorgoteo estridente.

Danny y Chris intercambiaron miradas asombrados, luego Chris se exaltó:
—¡Quema toda esa mierda!

Andrés continuó quemando secciones del collage; Danny las arrancaba de a montones y las acercaba al fuego. Fuera, los bramidos monstruosos se iban haciendo cada vez más agonizantes hasta que se consumió el último grupo de fotogramas. Entonces se escucharon ecos espectrales por todos los rincones, la masa tenebrosa se había extinguido.
Cruzaron miradas en medio del silencio…
—Seguirá… y se recuperará. Hay que hacer el ritual —dijo Andrés.

Danny y Chris asintieron sin decir nada, fueron los primeros en salir del palco. La platabanda aún se sostenía en ese tramo, justo donde estaba la escalera para descender al patio trasero. Cuando Danny bajó comenzó de inmediato a hacer la figura según ilustraba el libro; Chris bajó, y se dejó caer desde el tercer peldaño antes de llegar al suelo, pero cuando cayó se escuchó un alarido gatuno bastante agudo, enseguida lo tomó en brazos.

—Uyyy, ¿te pisé…? —Decía con voz diminutiva— “pobesíto eee gatitoo“.

Danny habló mientras aun marcaba los trazos del símbolo con una pequeña rama. —Es el gato de la señora Mari, la he visto varias veces alimentándolo en los jardines. —Luego empezó a colocar las velas alrededor de la forma.

Andrés bajaba lento debido a la condición de su muñeca derecha, pero dijo desde arriba en la escalera:
—¡Chris! No vayas a soltar a ese gato.

Chris seguía hablando diminutivo y le acariciaba:
—No antes de hacerle uno cariñito…

—¡Es el sacrificio! —gritó Andrés desde arriba (seguía bajando)—. ¡Ya no voy a morir! —vociferó emocionado.

Chris lo resguardó en su regazo con más energía, y se exaltó— ¿ESTÁS DEMENTE? ¿matarás al gato de la secretaria?

—¿¡Prefieres que yo me muera maldito imbécil!? —Preguntó Andrés y luego continuó— él no lo sentirá, será una sola cortadita justo en el cuello.

Danny se reía.

De pronto, del palco donde estaba el collage de fotografías salió una energía siniestra en forma de voces ahogadas, producía una fuerza que estrangulaba los soportes de la platabanda junto con la escalera. Andrés deslizó los pies y quedó apenas sostenido de uno de los peldaños con su mano izquierda. La fuerza continuó oprimiendo y elevó todos los restos metálicos, llevando a Andrés a lo que sería una caída mortal.

Danny, boquiabierto, dejó caer el libro.

—¡LEE EL RITUAL! —Gritó Andrés, se le acababan las fuerzas para sostenerse.
—¡Lanza el cuchillo! —Exclamó Chris. Mientras tanto Danny buscaba como loco la página correcta del libro, no recordaba cómo se titulaba el ritual, pero estaba buscando el símbolo y los pictogramas que sí reconocía.

—¡Léelo! —gritó de nuevo desde las alturas, estaba colgando justo arriba del símbolo que Danny había hecho.

Comenzó a leer, atropellándose entre pronunciaciones mal hechas del latín, por un momento pensó que no funcionaría; pero entonces las velas alrededor del símbolo se encendieron solas.
Chris gritó de nuevo:
—¿¡Cómo degollaré a este animal!? —caminaba de un lado a otro desesperado, tratando de buscar un objeto punzante.

Andrés miraba desde arriba temeroso, entonces cerró sus ojos y respiró profundamente… justo en el momento cuando sus dedos no aguantaban más.
Todo el tiempo parecía ralentizado. Danny terminó de recitar el conjuro y miraba atónito a su amigo colgar desde las alturas. El símbolo pentagrámico centellaba furioso, reclamando lo que le faltaba. Andrés Mantenía los ojos cerrados, entonces alcanzó un punto paroxístico. En su mente disfrutó de un collage de vivencias, se dibujaban los rostros de quienes lo despertaron de la caída eterna en el pozo de la desolación; de quienes lo rescataron de ser devorado por miles de caníbales; de quienes han estado en cada uno de los mejores y peores momentos de su vida. en ese instante apoteósico se preguntó a sí mismo una vez más:
—¿A qué has venido? —Esta vez, desde dentro… pudo responder— Al sacrificio.

Surgió una cara de terror en el rostro de Danny al ver como Andrés deslizaba sus dedos del peldaño con los ojos cerrados.
Chris quedó con un grito ahogado y una expresión desgarrada. El gato, que había saltado de un respingo (cuando Chris trató de pincharle con una ramilla) cayó sobre el pentagrama refulgente y luego se esfumó corriendo antes de que el cuerpo cayera desde las alturas.









CAPITULO X
EL FUNERAL
La tarde del día siguiente
Muchos llegaron a la congregación mortuoria, incluso Eduard (el emo sin sentimientos) asistió, y permanecía afuera fumándose un cigarrillo, daba la bienvenida a todos cuantos llegaban con sus facciones sombrías e inexpresivas.
Estaban presentes también toda la directiva junto a varios grupos del cuerpo estudiantil del Instituto San Martín: algunos chismoseando sobre la calamidad del cadáver encontrado en sus instalaciones, otros se mostraban nostálgicos. Había mujeres sollozando cerca del féretro junto a los hermanos del muchacho. El ataúd estaba adornado por cientos de flores de muchos colores que impregnaban el ambiente de una lúgubre fragancia.

De unos pequeños altavoces empotrados en las paredes de la funeraria fluía una balada pop en inglés, era “Welcome to my funeral”. El cantante Lukas Graham, recitaba en su idioma que pocos allí entendían: “Everyone welcome to my funeral… uh, uh uhh… All of my Friends are in the room…. uh, uh uhh… Party for me, i´d party too…” A unos metros, de frente, estaban también Danny y Chris, vestidos bastante formales, con sacos y demás.

—Esa música… —dijo Danny incomodo, dejando caer una rosa blanca sobre el montón que ya decoraban al ataúd— ¿Esa música la escogió él? —preguntó a Chris, que permanecía al lado con los ojos cristalinos. Chris solo esbozó una gentil sonrisa y se secó la nariz con la manga del traje.

—La escogí yo… —Se escuchó una voz desde atrás.
Era Andrés que se acercaba en una silla de ruedas, vestido al igual que sus amigos, de traje. (tenía el brazo derecho, junto a la pierna izquierda enyesada, además de un collarín, que le impedía girar la cabeza hacia los lados). Tenía también el gato de la señora Mari recostado en sus piernas.

—Cuando yo muera quiero que usen la misma. ¿no te parece bonita? — preguntó a Danny, este le respondió de inmediato con otra pregunta:

—¿No te parece que debiste preguntarles a sus familiares sobre la canción… o a alguien más cercano antes de hacerlo? —Danny miraba de reojo sintiéndose incómodo. Junto al ataúd, que contenía al cadáver de Guevara, sus familiares estaban llorando desconsolados.

—Esas cosas no se preguntan chino, los favores se hacen sin decir… Ahora por favor ayúdame a salir de aquí, que me cuesta mucho mover esta mierda con una sola mano. —Danny tomó las manillas de la silla de ruedas y lo condujo hasta la salida, Chris les seguía.

Dentro, uno de los familiares exclamó con la voz quebrada de la tristeza: —¡Por favor que alguien quite esa música que ni la entendemos!
—¡Es una falta de respeto!

En la salida se encontraron a la Sra. Mari, la secretaria del Instituto San Martín, quien se acercó al ver a su gato “Pelusín” en las piernas de Andrés.

—Tranquila Mari. —Le dijo Andrés pintando una sonrisa en su rostro mientras acariciaba al gato—. Decidí adoptarlo, está en buenas manos…
¿No es cierto, Yakú? —El gato musitó un afable maullido respondiéndole.

La señora Mari se inclinó para acariciarlo, pero el felino se erizó y le gruñó.
—¡Uy… pelusín! Te has puesto malcriado.

—Me temo que sí Mari, pero yo le enseñaré modales de mascota a este pequeño demonio —Al escucharlo Chris soltó una risilla y luego continuaron hacia afuera.

En la calle les esperaba el papá de Andrés en una camioneta para llevarlos a casa.

—Entonces leíste el conjuro equivocado Danny… bendito seas chino, bendito seas…
 









Un nuevo día engendró el mundo para el poblado costero de Halzer. La luz esfumó a las tinieblas foráneas, de mundos paralelos, que antes habían abrumado a toda la ciudad. Sin embargo, en los titulares de distintos periódicos locales resucitaban algunos vestigios de la noche anterior:


<HAYAN MUERTO ADOLESCENTE DENTRO DE INSTITUTO. AUTORIDADES LO ATRUBUYEN AL USO DE DROGAS (SOBREDOSIS) >.
Diario Costero.


< ¿A DÓNDE SE FUERON LOS INDIGENTES? >.
Reportes Halzer.


< HAYAN CADAVER DE RECEPCIONISTA DEL CENTRO ALPHA STUDENT, PRESUNTA CONVULSIÓN MISTERIOSA RETUERCE CADA UNO DE SUS HUESOS >.
La verdad de Costa Halzer.


< HOMBRE DE 60 AÑOS ENLOQUECE Y ATROPELLA A 15 PERSONAS CON SU TAXI (4 DE ELLAS FALLECIERON EN LA MADRUGADA, OTRAS 6 SE ENCUENTRAN EN TERAPIA INTENSIVA) >
Diario Costero.

< MISTERIOSAS CRIATURAS NOCTURNAS SE ALIMENTAN DE CADAVERES (PERROS CALLEJEROS, GATOS, Y HASTA DE PRESUNTOS RESTOS HUMANOS PROFANADOS DEL CEMENTERIO CETRAL>.
Halz Magazine.











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